El máximo responsable de pesca fluvial de una provincia gallega, un técnico competente en el gobierno de los recursos ictiológicos, me confió hace algún tiempo un hecho anecdótico que, en realidad, ocultaba una categoría. Tal vez esa era su intención: presentar un asunto de manera aparentemente intrascendente para dejar señalada la clave de la cuestión que nos ocupaba. Me relató que, después de haber auditado un río de renombre en la comunidad y que discurre a los pies de una capitalidad municipal que se beneficia de la pesca deportiva ?expedición de permisos, desplazamientos, almuerzos y pernoctas de pescadores, vida de la sociedad local de aficionados, etcétera-, el equipo de especialistas concluyó que lo recomendable para recuperar las poblaciones trucheras era prohibir la pesca en el río y sus afluentes durante unos años. El responsable del equipo informó al alcalde del pueblo de ello, con la intención de elaborar una propuesta argumentada para que la Xunta vedase la cuenca en cuestión. Cuando llegó a su despacho de la delegación de Medio Ambiente, el regidor ya se había puesto en contacto con el conselleiro de turno para hacer valer su peso en el partido políticos en el que militaban ambos. La propuesta no llegó a tramitarse.
Es muy probable que la postura del regidor no difiriese de la que, de tener la posibilidad de hacerla, algo escasamente probable, hubiesen adoptado los colectivos de pescadores. Es mayoritaria en estos, entre los que me cuento, la que tiene su asiento en la muy gratificante ciencia infusa o en un difuso empirismo campestre trufado de ictiología de silveira, cuya cúspide teórica destila pintorescas conclusiones que, al final, mueven el molino de la Administración con la misma agua que la del alcalde citado: el clientelismo político y el cortoplacismo estratégico, valga el oxímoron.
Mientras tanto, sesudos, documentados y fatigosos trabajos de científicos ?sobre todo biólogos, pero también expertos en derecho comparado, gestión de recursos naturales, etcétera- duermen el sueño de los justos en algunos cajones de una Administración que, para colmo, es la que los sufraga con nuestros impuestos. Esta temporada no es una excepción.