América, amor y recelo por Serena Williams

Paulo Alonso Lois
PAULO ALONSO LOIS REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

JEWEL SAMAD | Afp

Gigante del deporte del siglo XXI, tiene una relación difícil con el público de su país

21 dic 2015 . Actualizado a las 15:41 h.

No hay un solo perfil anodino en la vida y la carrera de Serena Williams. Uno de los grandes iconos del deporte del siglo XXI, la tenista de Míchigan genera un complejo sentimiento de rechazo y admiración en la sociedad de Estados Unidos. Al menos hasta ahora. Justo el año en que se quedó a solo dos partidos de completar el Grand Slam original (los títulos en Australia, Roland Garros, Wimbledon y el US Open), el público americano empieza a escorar la balanza hacia el cariño. La última prueba, su portada como deportista del año para Sports Illustrated. Primera mujer en solitario en recibir tal distinción desde que lo hizo la atleta Mary Decker en 1983.

Deportista mejor pagada de todos los tiempos, campeona de 21 grand slams, dueña de cuatro oros olímpicos, a Serena Williams le faltó siempre reconocimiento en su país. Los desencuentros remiten a una anécdota que abrió una grieta casi irreversible con el público americano. En el 2001 decidió no volver a Indian Wells, en el desierto californiano, tras recibir insultos racistas en la pista por parte de un público que interpretó un amaño en las semifinales con su hermana Venus, retirada. No regresó hasta el pasado marzo. «Ahora estoy lista», anunció, para «demostrar al mundo entero que no importa lo que te hicieran, incluso si te causaron daño a ti o a tu familia. Debes salir ahí, ser fuerte y decir que vas a ser la mejor persona que puedes llegar a ser».

Los defensores de Serena razonan que no está dispuesta a asumir un rol sumiso ante desprecios. Un comportamiento que cierta parte de la sociedad americana ve desafiante. «Debería ser más famosa», escribió Ian Crouch en The New Yorker, donde la reivindicaba como «un tesoro nacional espectacular y constante, aunque sorprendentemente poco apreciado», algo que achacaba a racismo y sexismo. En The New York Times Magazine, Claudia Rankine escribió que este tipo de público entendía que Serena debía tragar con «humildad los asaltos racistas porque los blancos tienen que seguir pensando que no son para tanto».

Ni su imagen rotunda ni su tenis encajan en la estética que las marcas venden del tenis femenino. Más atlética que estética. «¿Sería diferente si fuese un hombre? Sí, probablemente. Todavía no estamos cómodos viendo una mujer con semejante potencia. (...) La dificultad con Serena es que ella desafía nuestras ideas sobre el aspecto que queremos que tengan nuestras mujeres atletas», reflexionó Laura Williamson en el Daily Mail.

Pese a haber ganado 70 millones de euros solo en premios, más que ninguna otra deportista antes, Serena peca de sincera al declarar su desapego sobre el juego. «No me gusta entrenar, no me gusta nada que tenga que ver con el esfuerzo físico». Esa arrogancia que se le perdonó a Agassi cuando confesó en sus memorias que durante años odió el tenis, pero que no se le pasa por alto a ella.

Otro americano, su amigo Andy Roddick, admite que su comportamiento airado en la pista se tolera más que el de su amiga Serena. «Imagina que recibes críticas por tu cuerpo que perpetúan clichés racistas sobre la hipermasculinidad y la falta de atractivo de las mujeres negras. Imagina recibir preguntas en una rueda de prensa antes de un torneo porque el presidente de la federación rusa de tenis, Shamil Tarpischev, te ha descrito junto a tu hermana como «hermanos» a los que da miedo mirar». Una pesadilla que va quedando atrás.