Un crac mundial escribió: «Gómez no sabe esprintar». Y entonces era cierto, pero ya no.
Algunas carreras cambian la vida de un deportista, sean triunfos o victorias íntimas. La plata de Londres 2012 actuó como catarsis para Gómez Noya, al que los Juegos de Pekín 2008 le habían negado el podio cuando nadie discutía que era el mejor del planeta. Desde la medalla de Hyde Park, su repertorio y su seguridad lo han elevado aún un peldaño más. Al primero al que sorprendió ese estirón fue a Jonathan Brownlee. Lo cuenta en el libro que firma a cuatro manos con su hermano Alistair (Swim, Bike, Run, Penguin Books). Después de los Juegos, la final del Mundial de aquel 2012 en Auckland le mostró un rival desconocido, capaz ahora de matar en la última recta, cerca ya de la treintena. «Gómez no sabe esprintar, o al menos él nunca lo había hecho antes. Hoy fue diferente. Por un momento, le recuperé, pero a 50 metros de meta se marchó otra vez». El siguiente Mundial acabó en otro instante sublime, pero en Londres 2013 ambos se jugaban también el título final de campeón. Y el ferrolano ganó otra vez en un esprint que pareció el duelo de un western, por el juego de engaños sobre quien atacaba primero. Ese título derribó otra barrera mental y física.
Pero Alistair habita un lugar superior a Jonathan. Gómez Noya le gana en regularidad -cuatro Mundiales lo demuestran-, aunque el inglés le supera en fogonazos en instantes decisivos. El mayor de los Brownlee llegó a dejarse el alma. «En algunas de las batallas con Gómez, siento dolor hasta la línea de meta», escribió en su autobiografía. Sufría y ganaba. Hasta ayer. Porque el ferrolano tiene ahora la confianza para retarle sobre la alfombra azul y el recuerdo vívido de sus últimos triunfos en ataques cuando ya solo queda un suspiro. Al esprint. ¿Qué será lo siguiente?