Ideas, intereses y partidos interminables


Aunque probablemente nunca vaya a salir de su boca, el deseo íntimo de Rafa Nadal, con 14 grand slams en la vitrina, debe ser superar los 17 títulos de Roger Federer, al que venera siempre como el más grande. Una deferencia que, indirectamente, en un requiebro, le sitúa como el único capaz de destronarlo o, incluso, ya que le ha amargado en tantas finales, como un jugador superior al mejor de todos los tiempos. Ahora, tal como anda mermado por achaques y lesiones, Nadal se suma de forma lícita al debate sobre el futuro del tenis. Defiende unos retoques en las reglas que penalicen el juego de ataque, puesto que la ATP abrió consultas entre algunas leyendas del pasado para que el circuito no muera de éxito y poder retocar ahora el espectáculo justo cuando todavía funciona como una máquina de hacer dinero y llenar estadios cada vez más grandes. A ese debate se suma también Nadal, en un papel de lobista. Y asegura que la gente no quiere partidos con golpes ganadores a las primeras de cambio, sino que prefiere peloteos largos y que los jugadores piensen. Pero premeditadamente olvida como la evolución de las superficies -en general más lentas- permitió que su tenis de fondo -y el de Djokovic y Murray, en menor medida- jubilase a un buen número de sacadores y voleadores, y persuadiese a muchos otros de explorar esos caminos. Una pérdida de variedad que empobreció el juego. ¿Y si el problema no es el desarrollo de los puntos, sino que la épica de los partidos de más de dos horas y media, con constantes pausas, aleja a los espectadores de la televisión? Sin retocar el juego, se pueden explorar vías intermedias. Eliminar algunas pausas en los cambios, acortar los descansos entre puntos y tomarse en serio el cronometraje (¿por qué no con un reloj visible?). Porque Nadal encara ahora en Australia a un rival conocido, cortado por el mismo patrón de los que cree que dominarán el futuro a base de estacazos. Ese Berdych de 196 centímetros, saque potente, golpes ganadores a la mínima oportunidad, perdió las últimas 17 veces que se cruzó con el mallorquín de las piernas que llegan a todas las bolas. No son tan fieros los pegadores.

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