La hora de la verdad para Brasil, la selección que no puede fallar ante los suyos, el único equipo al que no se le perdonaría que no alcance, y gane, la final. Y el anfitrión tiene un problema, porque eso es Chile, un inmenso problema, un incómodo grano, un ejército de disciplinados gladiadores que solo han mostrado sus temores ante... el colegiado. Míster Webb, sí, el mismo que miró hacia otro lado cuando De Jong le plantó su bota en el pecho a Xabi Alonso en el Soccer City y que permitió que la dureza de los holandeses equilibrara el duelo en el mejor momento de España. Al colegiado británico le espera una tarde complicada, si es que no vuelve a lavarse a las manos. Porque -son los nuevos tiempos- el duelo de altura entre sudamericanos no tiene pinta de moverse en el terreno de la delicadeza y el buen trato; el balompié ha mudado tanto que la energía y el físico que antaño definía a los europeos acompaña ahora a los antiguos maestros del toque y la pausa. El mundo al revés: para Chile y Brasil los partidos son una carrera de fondo; España transformó la furia en seda y Alemania emprendió el camino del toque.
Scolari ha prescindido de todo lo que considera superfluo, del exceso de talento que considera incompatible con la disputa de noventa minutos a todo trapo. Es decir, Neymar y diez atletas dispuestos a facilitarle el trabajo al mago, al chico capaz de hacer digerible cualquier melón, al único futbolista imprescindible en el país del fútbol. Y en ese terreno -una herejía imperdonable en Brasil si no se consigue el triunfo- Chile le lleva unos cuantos cuerpos de ventaja. El paso de Bielsa transformó un fútbol que perdió los complejos y que se atreve a mirar a los ojos a cualquier rival, aunque sea a costa de una presión suicida. Sampaoli ha atrincherado a los suyos en una concentración infranqueable, digna del juego que practican, aislados de la afición y de la prensa. Así entrenan y así juegan. Tan capaces de emular un minimaracanazo como de caer con estrépito.