La emoción es ese estado de ánimo que influye con fuerza en los sentidos de quien se siente dominado por una fuerza interna. El fútbol debe media vida a la emoción que embarga a los aficionados hasta el punto de que les hace salir del campo en donde acaban de ver un partido muy normal, sin jugadas ni goles brillantes y, ese seguidor marcha contento del recinto comentando a los amigos que viene de presenciar un gran encuentro.
Algo parecido ofreció el Deportivo-Alavés (2-1) de Riazor, en donde solo hubo un equipo capaz de marcar el ritmo del juego que basculó casi siempre hacia el área del equipo de Vitoria que, sin embargo, llegó a creer posible la igualada a dos goles, tanteo que habría que calificar de injusto. Con el penalti que estableció el 2-1, el campo Riazor pareció cubrirse con una nube que traía el empate. Era una impresión falsa aunque reflejarlo tampoco es exagerado porque los goles, a veces, caen del cielo. Lo justo coincide con lo dicho al principio: la emoción mandó en Riazor salvando la monotonía de un partido.