El baloncesto ganó a las drogas

Manuel García Reigosa
M. G. Reigosa SANTIAGO / LA VOZ

DEPORTES

Sandra Alonso

«Nunca es demasiado tarde para cambiar y ser una buena persona», dice el pívot, que superó su adicción y encara su primer año como profesional

07 oct 2013 . Actualizado a las 14:42 h.

«En este mes que lleva con nosotros, Nick está demostrando ser un trabajador incansable y un gran compañero. Entre su tatuajes me imagino que habrá un always 100 % escondido por alguna parte, pues es el nivel que da cada vez que se enfunda nuestra camiseta. Seguro que tiene margen de mejora en todo, menos en el nivel de esfuerzo». Así describe Moncho Fernández a Nick Minnerath, una de las caras nuevas del Obradoiro para esta temporada.

«En el colegio no era un buen estudiante. Era terrible, porque no hacía nada. Allí empecé a tener problemas con las drogas. Y con 18 años dejé los estudios. Estuve trabajando. Con un taxi, en la construcción, en tiendas 24 horas... Las cosas no mejoraban. La cocaína... Hasta que un día me dije que o paraba o se me iba la vida». Quien así recuerda su adolescencia y los primeros pasos de la mayoría de edad es el propio Minnerath, que quiere que su experiencia pueda servir a quien quiera conocerla. «Nunca es tarde para cambiar y ser una buena persona», subraya.

Una cosa no ha cambiado en los 24 años de vida del pívot del Obradoiro: su pasión por el baloncesto. Y eso a pesar de que en Cape Cod (Massachusets), su localidad natal, el de la canasta no era el deporte de referencia.

Minnerath dilapidó su etapa en el colegio. Pero cogió a tiempo el tren del instituto porque supo dejar atrás la estación de las drogas. Primero se fue a Nebraska, donde residía su hermana. Y allí, con la ayuda incondicional de su padre, rehízo su vida, su salud y sus expectativas. «No fue fácil -recuerda-. Sobre todo al principio». Superó ese tirón, el de la amenaza de las recaídas, y enseguida entendió que «había que recuperar los estudios y el baloncesto». Esa era la llave que la abría las puertas a una nueva existencia.

Punto de inflexión

La pareja de su padre también jugó un papel decisivo. Envió cartas a una cantidad incontable de institutos pidiendo una oportunidad para Nick. Solo obtuvo una respuesta, pero bastó para relanzar la carrera de Minnerath. Era el año 2008. A partir de ahí los recuerdos se tiñen de otro color, el de la ilusión, al tiempo que se van desprendiendo del olor del abismo. A Steve Finamore, entrenador de Jackson Community College, no le pasó inadvertida la historia de aquella carta y lo reclutó.

El pívot se aplicó, tanto que casi siempre se quedaba entrenando en solitario tras las sesiones de grupo. «Alguna vez el encargado del pabellón me tenía que echar fuera, porque era la hora», rememora.

En el Jackson College brilló lo suficiente para llamar la atención de la Universidad de Detroit Mercy. Y allí aún le quedaba un nuevo obstáculo. Tras un primer año bueno, en el segundo, en un partido en el que su padre estaba en la grada, sufrió la temida tríada en la rodilla. «Pensé que todo aquello por lo que había trabajado se había acabado», apunta. Pero de nuevo se levantó de la lona. Completó su etapa universitaria y ahora disfruta con su primera experiencia en el baloncesto profesional europeo: «No podría estar más feliz».

Muchas de sus vivencias las lleva dibujadas en la piel, y no es una metáfora o una manera de hablar. Nick Minnerath se confiesa muy orgulloso de cada uno de los tatuajes, todos ellos diseñados por él mismo, pero no acierta a escoger uno como su favorito.