La generosidad no abunda en el mundo del fútbol profesional. Tardé en aceptarlo, y necesité llegar al periodismo para entenderlo, observando el comportamiento de algunos dirigentes de este deporte del balón. Lo de deporte me sale por vieja costumbre, pues hablando de fútbol más justo sería denominarlo como el negocio nacido el último siglo, y sigue.
Un negocio en el que toma carta de naturaleza la falta de respeto como sucedió con esa sorprendente acusación pública del mandatario del Deportivo dirigida al entrenador del equipo, en un comportamiento inaudito y difícil de creer de no ser porque las cámaras de televisión ofrecieron las imágenes, el tono y las palabras de Augusto César contra Fernando Vázquez. Un técnico del que, si de algo puede acusársele es de paciencia y tesón a la hora de tratar de convencer, no solo a sus jugadores sino también a cuantos tenemos grandes dudas sobre el futuro del Deportivo, y si el equipo volverá en esta temporada a recuperar el necesario ritmo de juego. Porque el otro grave problema casi diríamos que desapareció al irse diluyendo en la penosa gestión administrativa. Cuestión esta que no pertenece a la actividad que se ve sobre el césped y centra la atención del seguidor.
Falta generosidad en el fútbol, actualmente dominado por el egoísmo. Un egoísmo individual que olvida los males del vecino, porque no le importan. Un comportamiento triste, lamentable que se resaltó con más claridad debido a la bellas palabras que pronunció el presidente del Celta en el acto celebrado anteayer en Vigo con motivo del 90 aniversario del club vigués.
Carlos Mouriño manifestó «el profundo pesar que siento ante los problemas que atraviesa el Deportivo», al mismo tiempo que lanzaba un mensaje de esperanza para el futuro en unas palabras que, como socio número 3 del Deportivo, agradezco de corazón al presidente del Real Club Celta. La noble rivalidad deportiva debe estar unida a la generosidad, condición que resalta la calidad como excelente.