El tema tiene su aquel. Por lo menos tal es la impresión recogida a lo largo del día de ayer. Quizá muchos no estén conformes aunque tampoco aceptan censurar a quienes aplauden a su equipo, tras perder en campo propio. Hay excepciones, naturalmente, tales como cuando la derrota llega por una lamentable actuación del árbitro, injusto en sus decisiones; también tras una desgraciada intervención de un jugador, que marca en propia meta el decisivo gol. O el mismo azar, caprichoso, que se pone en contra.
Repetidos estos casos en Riazor, provocaron el comentario de referencia en el que, sin negar aplausos al equipo propio, no nos parece oportuno insistir en ello cuando se pierde.
No lo habíamos vivido en el campo coruñés a lo largo de los años, y visto que se repite en la actualidad es el motivo de manifestar el desacuerdo.
Verdad que los tiempos cambian y también los comportamientos de la masa. Los años no perdonan, restando sensibilidad para las reacciones normales. Pero tampoco cambian tanto como para confundir el júbilo por el triunfo de tu equipo con las derrotas. Sentirlo, y verlo, para creerlo y, aún menos, aceptarlo.