Derbi gallego, pasión desatada, fiesta mayor y varias formas de verlo. La mía, más neutral que Suiza. El ambiente empieza en la autopista, con pancartas de recibimiento cerca de la ciudad. Camino del campo, es mejor no afinar el oído. La riada de aficionados que baja hacia Balaídos confluye a las puertas del estadio en alegres cánticos que tienen a la ciudad rival y a su estadio como víctima predilecta. La hinchada se viene arriba y, con las puertas aún cerradas, se concentra como un orfeón descomunal.
En la zona protegida, por la que han de llegar los jugadores, arrecia la tormenta de improperios de centenares que claman contra el Dépor frente a un grupo de antidisturbios, impertérritos. «Son los de A Coruña», me revela un fotógrafo veterano. El fenomenal coro saluda con devoción la arribada del Celta. Quince minutos después, empieza a llover. Pero no agua, sino botellas de cristal. Llega el Dépor. Impresionante galerna de cristales rotos que provoca la carga policial. Folclore de derbi. Todo el mundo sabía que iba a pasar.
Ya dentro, me pongo frente a la reja y el cordón policial que separa a los deportivistas del resto del estadio. Los mismos insultos de antes, pero al revés. Nada imaginativo. Todo muy tosco. Básico. Si acaso, algún pareado con gracia y muchas caras de odio. De los dos lados.
Entiendo que una parte del público viene a eso. A gritar, provocar y ofender en la medida de lo posible. Y asisto a pocos metros a escenas surrealistas. En esto, unas rapazas acuden a consultar a los de seguridad. Son del Dépor y, por alguna razón, se han equivocado al entrar. Llevan las camisetas ocultas, bajo la cazadora. El guardia les advierte de que no las destapen e intenten pasar al otro lado.
Mientras, el partido se decanta del lado del Dépor, favoreciendo el rugido inagotable de la grada blanquiazul. Los celtistas padecen y se rebotan por parroquias. Llama la atención cómo es posible insultarse personalmente a gritos, por gestos, a decenas de metros de distancia y separados por centenares de personas. Pero ocurre. Constantemente: cortes de mangas, peinetas... En ese sentido, juega con ventaja un aficionado local con el dedo anular escayolado, que aprovecha para mostrarlo por doquier.
Subiendo el diapasón
En el descanso, veo a un par de chavales que no tienen ni seis años, sentados y tapados con una manta. Deben tener los oídos enrojecidos de la música que habrán escuchado en esa zona fronteriza.
La segunda parte es más de lo mismo, pero bastante más. El segundo del Dépor abate a la grada local, pero el 2-1 la resucita, con lo que el combate dialéctico (por decir algo) se equilibra. El empate y el gol final de Borja trasladan el éxtasis en un momento. De una grada a la otra. Del todo a la nada y viceversa.
El secreto del fútbol, una metáfora austeriana, pienso ahora porque, al salir de Balaídos, solo tenía rebotando en la cabeza una palabra de cuatro letras que no dejamos decir a los niños. En tres horas la escuché más veces que en todo el año pasado. Nada extraordinario, folclore de derbi. Como aventuraba a la salida un aficionado en tono conciliador: «El año que viene, otro, pero en Primera».
EN Balaídos UN Domingo DE 10 a 14 horas