El pulso de Melbourne vale doble


redacción / la voz

Todo empezó en la noche de Melbourne, con un triunfo sobre Andy Murray que valió un título y abrió una temporada intachable para Novak Djokovic. Allí quiere Rafa Nadal que termine un ciclo y se abra otro. En el Rod Laver Arena, y con el mito que da nombre al estadio en el palco, se premia hoy (Canal + Deportes y Eurosport, 9.30) al más fuerte del Open de Australia. Hoy por hoy, y al margen del nostálgico sentimiento de admiración hacia Roger Federer, encarnan la final más potente al mejor de cinco sets. Protagonizarán juntos la tercera consecutiva en una cita del Grand Slam, algo que jamás había sucedido en la era open, iniciada en 1968, cuando los majors se abrieron a los profesionales.

El partido, el trigésimo entre ambos, representa también un nuevo clásico. Pero supone el primero desde que Nadal apostó por un discurso más agresivo, con una raqueta tres gramos más pesada. El cambio sirvió para apartar al español de la rutina anterior e inyectarle una nueva ilusión para reinventar su juego como en ocasiones anteriores. El retoque ha tenido consecuencias en todo su tenis. Parece más vivo de piernas, más positivo, más hambriento.

«Mi sensación mental y tenística es que he dado un salto hacia arriba. Estoy satisfecho, pase lo que pase, aunque si gano me iré más contento», admite.

Aunque Nadal, fantástico en la semifinal contra Federer, palabras mayores en pista dura, regala de entrada el peso de la responsabilidad al serbio. «La ventaja mental es para él, y es favorito por jugar en la pista que le va mejor. Después de lo que ha ganado, su confianza está por encima. No tengo prácticamente nada que perder. Él es el favorito, es el número uno. Pero tiene la presión», matiza el mallorquín, que juega su decimoquinta final de un major, que persigue el undécimo título de un grand slam.

Nadal, clasificado el jueves para la final, tuvo un día más de descanso que Djokovic, quien esperó a la medianoche del viernes para lograr su billete. Pero el mallorquín no se fía del aparente desgaste del serbio. «Le ves gestos de cansancio, pero dos horas y pico después sigue corriendo igual. No sé hasta qué punto es real», sospecha.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos

El pulso de Melbourne vale doble