Palermo ya no toca el balón

Xurxo Fernández Fernández
xurxo fernández REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

A Sabina le caducó la canción. «Le toca a Palermo tocar el balón» proclamaba el cantautor en sus Dieguitos y Mafaldas. Y el 9 de Boca Juniors iba cumpliendo con su parte en la letra hasta que el domingo dijo basta. A sus 37 años y después de 20 temporadas como futbolista profesional, el Titán se despidió del estadio de sus grandes gestas haciendo oídos sordos a las peticiones del presidente de su club, su técnico y sus compañeros (todos menos uno) para que siguiese una campaña más.

La Bombonera no regaló un título a su ídolo como despedida (el Clausura se lo llevó Vélez). Ni siquiera un buen partido (empate a uno frente al débil Banfield). Los del barrio de La Boca se decidieron por un obsequio tan llamativo como aparatoso, a imagen del ariete de La Plata. Palermo se llevó a su casa la portería ubicada en el fondo más bullicioso del estadio. Tres palos y una red con la que Martín mantuvo un constante idilio que lo llevó a batir registros y a ganarse un apodo elegante en un país que los fabrica de todo tipo. Carlos Bianchi, el técnico que hizo del 9 un 9, lo bautizó como «el optimista del gol».

Radiografía en cuatro palabras de 187 centímetros de delantero. Lento y falto de técnica, el Titán convirtió la insistencia en arte y se hartó de fabricar tantos a costa de hacer coincidir lugares y momentos oportunos. Palermo nunca desistió en su búsqueda del camino hacia la red. Ni siquiera en los días más adversos -para la historia quedan esos tres penaltis fallados en un Argentina-Colombia de la Copa América que la albiceleste perdió por 3-0-. Tenacidad que le brindó tantos clave como el que clasificó a la selección de Maradona para el Mundial de Sudáfrica y lo convirtió en máximo goleador de la historia de su club (236 dianas), pese a los altibajos de su idilio con la camiseta auriazul.

Tantos que su biografía deportiva arranca en otro de los grandes de Argentina. Un Estudiantes en el que vivió un descenso y se destapó como artillero antes de fichar por Boca en 1997. Allí compartió un vestuario caliente con vacas sagradas como Maradona o Caniggia y enemigos íntimos como los gemelos Schelotto. Poco tardó el delantero en demostrar su valía a la hinchada xeneize, a la que brindó un par de títulos antes de romperse los ligamentos, frustrando su fichaje por el Lazio.

Una lesión que solo demoró su salida hacia Europa el tiempo suficiente para que Palermo le diera a su equipo una Intercontinental, firmando las dos dianas del encuentro frente al Real Madrid y acrecentando su fama de gran rematador.

Un crédito que dilapidó en su paso por la Liga española, donde fracasó en el Villarreal y el Betis y solo triunfó a medias en el Alavés. A mediados del 2004 regresó al club de la Ribera y, con Alfio Basile como técnico, obtuvo otros cinco títulos, en un segundo ciclo que incluyó un gol desde medio campo (a Independiente, en el 2007) y otro con un cabezazo desde casi 40 metros (a Vélez, en el 2009).

Acciones que el protagonista recordó en su despedida, con espectacular ovación y Maradona en la grada: «Me voy más que feliz de esta cancha en la que tantas cosas viví. Ni soñando pensé que me iban a brindar tanto cariño». «Llegó el día», sentenció Palermo, que deja a Boca falto de referentes. Una ausencia sintetizada en la web del club: «Se nos va el optimismo».