Visto el espectáculo (?) del sábado puede decirse que Deportivo y Barcelona deben un partido a los aficionados. Los deportivistas acudieron a Riazor con esa ilusión (en esta ocasión más que esperanza) por ver si funcionaba la estrategia de Lotina modificando la defensa de cinco hombres, que rebajaba a cuatro, algo extraño frente al demoledor ataque barcelonista. Ayer, en La Voz, el de Meñaca lo aclaraba diciendo que «con cinco no hubiésemos pasado de medio campo en todo el partido». No acostumbro a polemizar con los entrenadores sobre las tácticas porque son ellos los mejores conocedores de los pros y contras de la cuestión. El problema surge porque se planifica sobre la pizarra y, después, los futbolistas no responden en el campo. En la rueda de prensa posterior al encuentro, Lotina también se apresuró a decir: «No podemos reprochar nada a los jugadores». El técnico se lamentó de la coincidencia de que, cuando decidió dar entrada a Valerón llegó el 0-2, a los que siguieron otros dos goles que convirtieron en 0-4 el marcador de un partido que no fue tal.
Riazor se llenó de aficionados. Un tercio eran seguidores del Barcelona venidos no solo de toda Galicia sino también de Asturias y León. Quini, antes, y ahora Villa fomentaron el barcelonismo entre los asturianos. En tierras leonesas, la devoción por el Barcelona nació con el inolvidable César, y lo mismo sucedería a muchos coruñeses con la marcha de Luis Suárez, anteayer testigo de este partido que no existió, dicho así como suena. ¿Vieron al Messi qué corre y regatea como nadie? ¿Y al guaje Villa? Dos interrogantes que justifican poder reclamar que Dépor y Barça nos deben un partido. Pero un partido de fútbol, no un mal simulacro como el de anteanoche en Riazor.