Dice Lotina que el Dépor tiene una buena plantilla, pero no un buen equipo. Viene a significar que la responsabilidad de este desolador comienzo es suya. Es loable ese empecinamiento del técnico en echarse la culpa de todo. Incluso acabará convenciendo a muchos de que es así. Que no ha sabido transmitir a Adrián y a Lassad el arte de marcar goles; o de insuflar a Antonio Tomás la esencia del juego.
El caso es que una semana de gestos heroicos y medidas inusuales acabó con otro ejercicio de impotencia. Un pobre Osasuna se convirtió en un muro infranqueable hasta con un jugador menos. Ayer, al equipo no le faltó voluntad. Y hasta remató a portería más que en las seis jornadas anteriores. Pero casi nunca tuvo fútbol de verdad. Porque el Dépor actual, acuciado por las bajas, no tiene peloteros de fuste para dar una alegría a la vista. Ni goleadores de Primera División. Tras siete jornadas, la tropa blanquiazul ha acabado cinco encuentros sin marcar. Y dos de los tres goles que anotó en los otros dos fueron de penalti.
El discurso del entrenador de echarse la culpa y de seguir dorando la píldora a sus jugadores, no funciona. A Irureta le gustaba decir que «en la tempestad, nunca cambiar el rumbo». No es el caso.