Un duelo para la historia de la Vuelta

Mariluz Ferreiro REDACCIÓN/LA VOZ.

DEPORTES

La Vuelta 2010 es una y trina. Porque se resume con tres nombres propios: Vincenzo Nibali, Ezequiel Mosquera y la Bola del Mundo. Juntos rescataron un ciclismo con sabor a otros tiempos. Sin especulaciones. Ni amistades. Ni reproches. Una etapa más vibrante y épica que cualquiera de las del último Tour. Con un veterano gallego al ataque y un joven italiano a la defensiva. Un cuerpo a cuerpo sobre el hormigón que redujo las anteriores jornadas a una especie de prólogo, necesarias para el desenlace pero menores.

Nibali lloró en lo más alto del podio de Madrid, una cima que hacía veinte años que no visitaba un italiano. Mosquera no dejaba de sonreír. Gracias a él, Galicia regresaba al cajón de honor tras una ausencia que duraba desde 1986. Y Peter Velits ocupaba el tercer escalón con un rostro que navegaba entre la satisfacción y el desconcierto. El eslovaco, contra todos los pronósticos iniciales, ocupaba el tercer escalón aupado por la gran crono de la Vuelta.

No llegó a Madrid Igor Antón, que tuvo que abandonar cuando era líder. Sus esperanzas se estrellaron contra el asfalto una vez más. Su caída marcó la carrera. La Vuelta, huérfana, buscaba un nuevo favorito. Y muchos dedos señalaron a Purito Rodríguez, chispeante y explosivo en las llegadas con emboscada, a la italiana, que las hubo en esta Vuelta, fuerte en la montaña. Pero llegó la gran crono individual, el eterno talón de Aquiles del catalán. De no haber sido por el Xacobeo la Vuelta habría muerto en las rectas de Peñafiel. Allí se hundió Purito, se reafirmó Nibali. Se enganchó al podio un enorme Velits. Pero, sobre todo, emergió Mosquera.

Hasta la crono de Peñafiel el Xacobeo, con siete gallegos en sus filas, había batallado con todos sus corredores en distintos frentes. Unas veces como fugados, otras como aguadores y siempre como escoltas de Mosquera. Serafín Martínez llegó a lucir el maillot de la montaña y rozó el triunfo de etapa. Mosquera acabó segundo en Pal. Y, si Nibali tuvo a Kreuziger como lugarteniente irrenunciable cuando la carrera se tensaba, el teense contó con un inmenso David García, siempre entre los gallos en la última cima. García fue la sombra de su líder, siempre el último hombre en abandonar el barco de los aspirantes al podio. La general se lo agradeció con la undécima posición.

El equipo gallego, en palabras de Mosquera, «marcó un pasodoble» en los Lagos de Covadonga para asfixiar a los rivales. Sin saberlo, fue ensayo para el asalto final. Porque la crono dejó la Vuelta en un duelo entre Nibali y Mosquera. La carrera llegó viva y abierta a la penúltima etapa. Y en el altar de Navacerrada, los hombres del Xacobeo se fueron sacrificando uno a uno, avivando el paso, castigando al Liquigas. Hasta que le tocó hablar a Mosquera. Y atacó en los últimos cuatro kilómetros, intentando derribar la barrera maldita, los 50 segundos. Dio la razón a aquellos que dicen que la belleza del ciclismo no reside más en el espíritu de los corredores que en las cumbres. Logró por fin su triunfo, en la Bola del Mundo, para espantar esa nostalgia de Poulidor, la morriña inevitable por lo que nunca sucedió. «Ataqué para ganar la Vuelta, no para ganar la etapa», dijo el gallego. Se ganó un sitio en el podio. Y un lugar en la historia de las grandes batallas del ciclismo.