La sentencia del TAS condenando a Valverde es dura para el ciclista. Pero, sobre todo, es devastadora para el deporte español. Durante años, España se ha escondido en el caso Valverde, hasta el punto de que hasta Jaime Lissavetzky, secretario de Estado para el deporte, ha caracterizado su actuación en este asunto por una tibieza impropia de su cargo, impregnada de ciertas dosis de demagogia. Lissavetzky ha corrido como un atleta para sacarse fotos con nuestros grandes, pero ha huido raudo y veloz de los problemas. El responsable del deporte español solo es contundente con el dopaje en abstracto. Pero cuando a las trampas se le ponen nombre y apellidos, Lissavetzky no arranca. Es más fácil sonreír a las cámaras tras una victoria que ponerse serio y desenmascarar a quienes nos han engañado a todos. Actitudes como la suya nos han costado una pérdida de prestigio internacional difícilmente reparable.
Si hasta a la sentencia del TAS se hubiese llegado gracias al empuje de nuestro país por conocer la verdad, nadie podría dudar de nuestro deporte. Pero ahora, en el extranjero tienen razones para creer que en España, en lugar de desenmascarar a los tramposos, se les ampara.