Boonen, tres veces rey del infierno


Entre la locura y el heroísmo. Dicen que los ganadores de la París-Roubaix tienen que rodar por la estrecha frontera que separa estos dos territorios. Y hacerlo a golpe de adoquín. Porque en la senda del triunfo crujen bicicleta y cuerpo. En ese grupo de locos y héroes ocupa un lugar de honor Tom Boonen (Mol, 1980). El belga firmó ayer su tercer triunfo en el infierno del norte. Se cayó en el tercer sector de pavés. Pero siguió en carrera. Lanzó un ataque fulminante a unos quince kilómetros de la meta. Puso en funcionamiento los engranajes de su 1,92 y se fue en solitario hacia el velódromo que marcaba el final de los 259 kilómetros de recorrido. Por detrás, Filippo Pozzato luchó en vano por alcanzar al belga. Llegó a 47 segundos. Hushovd completó el podio. Y Juan Antonio Flecha acabó sexto después de sufrir una caída. La París-Roubaix, entre la locura y el heroísmo, sigue siendo la última frontera para el ciclismo español.

Boonen alzó los brazos tras una carrera accidentada hasta para el público, ya que dieciséis personas resultaron heridos al ser arrollados por una moto de la organización. Con tres victorias, el belga iguala en el palmarés de la reina de las clásicas a leyendas como Merckx y Moser. Y se sitúa a un triunfo del récord de Roger De Vlaeminck, apodado monsieur París-Roubaix.

Velocidad y cocaína

Sobre la bici y con los pies en el suelo, Boonen es un amante de las emociones fuertes, del esprint en toda la extensión de la palabra. Buena receta para triunfar en el infierno. Y a veces traicionera para la vida cotidiana. En el 2008 le fue retirado dos meses el permiso de conducir por exceso de velocidad. Fue cazado dos veces con su Porsche. Dos pecados veniales frente al de la cocaína. El ciclista dio positivo en un control fuera de competición. Durante unos meses su halo de campeón pendió de la raya blanca. No recibió sanciones deportivas. Pero se convirtió en el ídolo caído de una Bélgica que había encontrado otro corredor al que venerar. La organización del Tour de Francia, con sus particulares derechos de admisión, lo declaró persona non grata y vetó su participación en la edición del 2008. Él se consoló en la Vuelta.

El año pasado fue el del gran bache para un ciclista instalado en el éxito de forma precoz. Boonen debutó en el pelotón profesional en el 2002, en aquel US Postal de la primera etapa de Lance Armstrong. Pero se negaba a encerrar su espíritu en un papel de gregario. En el 2003 se mudó al Quick Step. Y en la temporada siguiente comenzó a encadenar triunfos. En el 2005 subió la apuesta. Ganó el Tour de Flandes y la París-Roubaix, y después conquistó el trono mundial en Madrid relegando a la plata a Alejandro Valverde. Después se sucedieron las victorias.

A caballo del triunfo, pasó a ser el David Beckham del pelotón internacional. Joven, alto, ganador, con domicilio en Mónaco y blanca sonrisa. Ingredientes suficientes para ser el corredor más perseguido por el público femenino. Ganaba una etapa en el Tour un día y poco después repartía besos y autógrafos en el Iseran durante la jornada de descanso.

«Lo importante era no morir»

«Aquí lo más importante era no morir, sobrevivir, sobrevivir...», señalaba el propio Boonen ayer al acabar la prueba. Una consigna válida para el ciclista dentro y fuera del pelotón. Él mismo confesó hace tiempo que no es ningún ángel. Pero tampoco está tan mal reinar en el infierno.

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