Por quinto año consecutivo el Madrid va camino de acabar la liguilla como segundo de grupo y de complicarse el cruce de octavos. Y en los años precedentes cayó ante Juve, su bestia negra, Arsenal, Bayern de Múnich y Roma. Malos augurios y peor la imagen de un equipo sin patrón, desgobernado, impotente, sin fustee incapaz de probar como es debido en toda la noche al portero austríaco Manninger, suplente de Buffon.
Pueden quejarse con razón Schuster y Mijatovic del árbitro, reclamarle hasta tres penaltis, pero serían excusas de un club menor. De un equipo maltrecho que, de nuevo, claudicó ante el magisterio inagotable de Del Piero, despedido con una cerrada ovación. Una desatención en un avance del gran internacional trasalpino y una barrera de risa en una falta certificaron la derrota blanca con dos goles del talentoso atacante.
Desde el primer momento el Madrid fue anodino y la Juve funcionó como un bloque compacto y el Madrid como un grupo heterogéneo. Es cierto que el conjunto local dispuso de ocasiones, sobre todo en dos balones cruzados que remataron fatal Ramos y Diarra, pero careció de continuidad. Más allá de la calidad individual de los jugadores, los italianos obedecen un plan y los blancos improvisan. Sencillo y triste.
La Juventus adelanta la zaga, intenta jugar en veinte metros y en cuanto roba no se complica y busca a Del Piero o Nedved, sus amados abuelos . Cuida al máximo los relevos, las ayudas, los apoyos, los desdobles. Los de Schuster, en cambio, dan la sensación de que cada uno hace lo que puede o lo que le viene en gana. Falta un sistema, una idea, un proyecto de equipo. Juega a impulsos y, gracias a su pegada, disfruta cuando los partidos se vuelven locos. Pero la Juve no es precisamente uno de esos equipos que se descompone así como así.
El Madrid, como el hombre, es capaz de tropezar varias veces en la misma piedra. Cayó hace un par de semanas en Turín porque dejo hacer a Del Piero, y reincidió en Chamartín. Guti perdió en balón, todos miraron al viejo Alessandro, a punto de cumplir 34 años, y éste sorprendió a Casillas con un sutil lanzamiento desde fuera del área. El segundo, también del maestro italiano, de falta, salvando de maravilla y por alto la barrera. Los blancos, espesos y poco ingeniosos, pusieron más ahínco al final, pero jamás inquietaron a los fríos piamonteses, felices en su guarida.