Tras su conflicto con la Xunta, Cal goza de tranquilidad en el Club Naval de Pontevedra
18 nov 2007 . Actualizado a las 02:54 h.«¡Campeón!, Me cagho en diola. ¿Xa comiches as castañas?». David Cal saluda con sonrisa tímida a un dicharachero empleado del Club Naval de Pontevedra. Faltan unos cinco minutos para las diez de la mañana y se avecina una dura jornada a orillas del Lérez. Los trabajadores del Naval lo saben y animan a David. Hay buen rollo en el nuevo cuartel general del campeón.
Ya ha pasado más de un mes desde que se divorció de la Xunta. Y está tan pancho. En su nueva casa solo hay cariño. Ningún lío. Ningún problema. Todos se entienden. «Estamos moi contentos con David. Hai xente do clube que che pide de todo continuamente. David preguntou o primeiro día onde estaban as cousas e non volveu pedir nada. E o seu adestrador, o mesmo», dice uno de los cuidadores del recinto.
El lugar resulta funcional para el campeón. Sin lujos, con algunas carencias con respecto a las instalaciones de la Xunta, pero nada que haga peligrar su preparación. «El gimnasio no es peor que el del Centro de Tecnificación. Faltan cosillas, pero nos arreglamos. El vestuario es pequeño, pero limpio y no se producen robos. Y tiene siempre agua caliente, cosa que no estaba garantizada en el CGTD. Además, las instalaciones están a nuestra disposición las 24 horas. Por contra, no tenemos ni balsa, ni centro médico, ni podemos hacer ergometrías», dice Suso Morlán, el entrenador.
Comienzo
David charla con su técnico, estira, carga encima con los más de veinte kilos de la canoa -está lastrada-, la posa en el agua y a las diez y media comienza la travesía del Lérez. Haga frío, sol, llueva o truene, Cal recorre el río arriba y abajo, con la sombra de Morlán a sus espaldas. Solo el viento puede hacer que se suspenda una jornada de paleo. Durante 75 minutos, al tran tran, recorre 12 kilómetros. En un mes, al mismo ritmo y en el mismo tiempo, la distancia será 13,5. David acaba la sesión de canoa. La carga encima como si fuera una pluma, la sube y la guarda en el hangar. Ahora toca correr. Se cambia el calzado y sale a la calle, también a orillas del Lérez, trota durante veinte minutos ante la mirada atenta de los paseantes. «Ese es David Cal», dice un niño a su madre con admiración.
Hasta ahí, la jornada matinal. David se va a casa a comer. El pasado año guardaba interminables colas en el CGTD. Ahora, él es su propio cocinero. Fernando Huelin, el médico, le ha puesto una dieta saludable: «Puede comer casi de todo, pero saludable. David consume unas cinco mil calorías al día. Para recuperarlas tiene que comer, es un ejemplo, tres kilos de pasta. Ahora no tiene restricciones calóricas, más adelante sí». Un día normal, Cal desayuna un zumo de frutas, unos cereales con leche desnatada y jamón cocido o queso fresco. A media mañana, algo de fruta. Para comer, un plato de espaguetis (puede repetir), una merluza a la plancha y un par de piezas de fruta. En la merienda, más fruta, -«da igual mientras sea fresca»- y para cenar, ensalada de lechuga y tomate, un bistec de ternera a la plancha y un yogur desnatado.
Siesta
Cal no perdona la siesta. Una hora de descanso antes de volver al Naval a someterse a una sesión de pesas. El muchachote de Hío entra en el gimnasio al ritmo de Dulce condena, de Los Rodríguez . Mientras los argentinos cantan «No importa el problema...» Cal se hace veinte flexiones sin mover un músculo de su cara, se levanta ochenta kilos -en unos meses levantará hasta 170- y se hace un circuito de aparato en aparato que dura cerca de una hora. Y de ahí a la piscina. Entrenador y piragüista cogen el coche y en diez minutos se plantan en Vialia, un centro privado que dispone de una pequeña piscina y que se muestra orgulloso de colaborar con el campeón de Atenas. «Estamos encantados de tener a David», dice la responsable de las instalaciones. «Le ayudaremos en todo lo que podamos». Unos niños ríen en la calle de al lado y miran cómo Cal da brazadas solo con el brazo derecho. Durante cuarenta minutos, va y viene por una calle de quince metros. No es un arranque de chulería. Se trata de la forma de compensar sus músculos, dado que el paleo de una canoa es asimétrico, castigando el brazo izquierdo.
Son casi las siete. David saluda a los empleados de Vialia. Sigue el buen rollo. Coge su bolsa y se dirige al coche. «Mañana más», dice Suso Morlán. David asiente, sonríe y arranca su BMW, un bien material que le recuerda que el trabajo tiene recompensa.