El adiós de la estrella discreta

Rubén Ventureira

DEPORTES

Molina se retira del fútbol con tres títulos y más de 400 partidos en Primera, pero su legado va más allá: demostró al mundo que los porteros también tienen pies

01 oct 2007 . Actualizado a las 02:24 h.

Se ha ido con la misma discreción con la que pasó por el fútbol: Molina decidió colgar los guantes el 31 de agosto, pero la noticia ha tardado un mes en trascender. La confirmó ayer en Marca . El guardameta más moderno del fútbol español de los años 90 se retira a los 37. Hay jugadores mediáticos y jugadores carismáticos. José Francisco Molina (8 de agosto de 1970) eligió lo segundo. «Yo siempre he intentado pasar desapercibido allá donde he estado», dijo a Montse Carneiro en una entrevista publicada en La Voz en abril del 2004.

En esa pieza periodística, Molina se abrió al mundo exterior como en contadas ocasiones. Comentaba que el cáncer, que lo apartó del fútbol durante cinco meses, lo había vuelto «más sensible». No le ocurrió lo mismo a Lance Armstrong, que se negó a dedicar a Molina su libro biográfico Mi vuelta a la vida cuando se lo pidió Bahamontes. Aseguraba en aquella entrevista que llegó a la portería «por gordo y por tonto». «Nadie quería ser portero cuando yo era chaval. De portero ponían al gordo o al tonto. Yo reunía las dos condiciones». Puro Molina, siempre al otro lado del «fútbol es así» y demás tópicos. Si hay que gastar saliva, que sea para decir algo interesante. Como en noviembre del 2004, cuando, en una comparecencia de prensa, le preguntaron si en el Dépor de Irureta había rutina. «Demasiada. El entrenador lleva siete años, la forma de trabajar, entrenar y jugar es siempre la misma, y los futbolistas también somos prácticamente los mismos que en los últimos años».

Todo empezó en un torneo entre urbanizaciones. Tenía 11 años y puede que fuese gordo, pero seguro que no tonto. Quería jugar de delantero, pero acabó donde nadie quería: bajo palos. Inició su carrera en el Alzira. Lo fichó el Valencia, que lo cedió al Villarreal y al Albacete. Llegó al Atlético en el mejor momento de su historia: la temporada del doblete. Se fue en el peor, en la campaña del descenso, que se produjo mes y pico antes de que vistiese por novena y última vez la camiseta de la selección. El Dépor pagó 3,6 millones. Permaneció en A Coruña seis temporadas. Si en el Atlético se casó sin que se enterasen sus compañeros, en el Dépor ocultó al vestuario que padecía un cáncer hasta la rueda de prensa en la que lo hizo público. Siempre discreto este hombre que se parece a Loquillo, pero que admira sobre todo a su paisano Carlos Goñi.

Despedida en San Mamés

El guardameta-líbero con el que soñó Cruyff para su Dream Team, el hombre que demostró que los porteros también tienen pies, sólo vistió de blaugrana en el Levante, su último equipo. El pasado 17 de junio disputó su último partido: en San Mamés, un campo con ese aire británico que tanto le atraía. Siempre dijo que le gustaría cerrar su carrera en la Premier, pero ninguna de las ofertas que recibió este verano llegaron de las islas. ¿Y ahora qué? Pues quiere ser preparador de porteros o entrenador, todo un reto para alguien que siempre se ha distinguido por hablar con la mirada.