Jugar para luchar, o luchar para jugar

Raúl Caneda

DEPORTES

El Deportivo se enfanga hoy en una apología del sudor sin inteligencia

02 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

Un buen día, en su constante alarde de normalidad, el masajista de la selección de Perú preguntó a su entrenador: «Míster, ¿hoy quiénes se disfrazan?». Él consideraba que futbolistas de verdad había dos o tres en cada equipo, los demás sólo acompañaban, se disfrazaban. Al mismo tiempo nos estaba dando la clave para resolver problemas: A las cosas hay que llamarlas por su nombre, alejándose del descanso de la mediocridad, del arribismo o de la connivencia, que es lo que definimos como políticamente correcto. Si de nuestro querido Dépor tenemos que hablar, mejor dejarse de amabilidades convenientes y, emulando al histórico masajista, llamemos al pan pan y al vino vino. Con tamaño problema no valen eufemismos. Si empezamos por el diagnostico, es claro: El Dépor está enfermo, muy enfermo. Vaya por delante la admiración hacia Joaquín Caparros. Él no ha empezado su carrera dirigiendo a una selección, ni al Milan heredado de Sacchi, o es postulado como seleccionador español por su corte mediática sin más méritos que haber fracasado en un Segunda B; Caparrós no ha llegado por posición, sino por oposición, es de los pocos que se han hecho un lugar después de contraer méritos, lo cual en este curioso mundo del fútbol parece más un problema que una virtud. Vanidad Pero, pese al valor de su trabajo, no puede eliminar su condición de humano y, como tal, la influencia desmesurada de la vanidad y el ego en un deporte de masas como el fútbol. Generalmente, cuando se viene de ganar, los entrenadores creemos que las victorias son por obra exclusiva de nuestra capacidad. A partir de ese momento uno ya se considera un estilo, una marca y, por ello, en sus siguientes equipos acaba representándose a sí mismo. Así, vamos a todas partes con los esquemas que nos dieron éxito antes y toda la vida estamos repitiendo el modelo, buscando que las piezas se adapten al estilo, al esquema. Lo peligroso es que a los entrenadores nos pasa lo que a muchos críticos literarios o de las artes plásticas, aprendemos a leer una sola vez en la vida. El Dépor quiere ser un calco de lo que era el Sevilla, o lo que es peor, de lo que su entrenador pensaba que era su antiguo equipo. Una búsqueda constante de lo intenso, de lo rápido, se supone que para ser vertical, profundo, pero que se convierte en precipitado, torpe; un jugar para luchar en vez de luchar para jugar. Para este trabajo agónico se consideró que valía cualquier joven futbolista, pero resultó que pasó lo que pasa siempre, los grandes jugadores (Navas, Alves, Reyes, Ramos) no los descubre ni los fabrica nadie, todo lo contrario, tener la fortuna de encontrar en el camino futbolistas de ese nivel nos permite enarbolar como propios éxitos que en realidad son colectivos. Apretar A ese caos sin sentido que es el fútbol del Dépor se le añade algo que hace de la situación una enfermedad irremediable: En las ruedas de prensa se escucha siempre: «¡Hay que apretar más!». Y es que palabras como trabajo o sacrificio son de una demagogia eficaz y los entrenadores tendemos a usarlas de manera monótona y vergonzante. Mientras el Dépor se enfanga en esta apología del sudor sin inteligencia, la gente y el fútbol (que tiene vida más allá de los técnicos), esperan como solución a Valerón, un jugador que, como diría el masajista, no se disfraza. Es de los que permite que jugadores como Sergio, Capdevila, Manuel Pablo, o Duscher puedan volver a ser grandes jugadores complementarios, que es lo que en realidad quería decir el masajista. Demasiada responsabilidad para un futbolista en serio (como Fran o Mauro). Un jugador como Valerón, que al comienzo de esta etapa era un inadaptado, es ahora la esperanza para poner orden en tanto desconcierto, pausa en tanta prisa. Fútbol... entre tanta mentira.