«JURO por mis hijos que no llamé al juez de línea lo que él dice», declaró Alfredo, jugador del Elche, horas después de haber sido expulsado en el partido contra Las Palmas (2-2), una vez que el juez de línea llamó la atención del árbitro al que comunicó que el jugador le había insultado. Aumentan los expulsados de forma alarmante. En la última jornada, nada menos que fueron once, en Primera. Los árbitros, a causa de la difícil misión que habrán de realizar durante los partidos, levantaron siempre polémicas. Ahora más y la razón está en el protagonismo que parecen buscar algunos de los árbitros asistentes, como ahora se les denomina, y de cuya labor se eleva un informe por separado de la actuación del árbitro principal. El papel de juez de línea pasó de la valía que le concedía el árbitro, a la que ahora se le concede a través de una puntuación que envía un «delegado de partido» al comité federativo. Pasamos del simple banderazo, señalando orsay o fuera de banda, a indicarle al árbitro que pite un penalti aunque, a veces, la falta se registre fuera del área, o que proceda a la expulsión de un jugador que puede resultar injusta, como sigue proclamando el ilicitano Alfredo.