Tuvo en sus manos el triunfo en Bilbao en el último segundo
05 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Con diecinueve segundos y sesenta y cuatro décimas, a un lado se abrió una ancha frontera en La Casilla. A un lado se divisaba la ACB, esplendorosa, con su octavo año consecutivo esperando al Breogán, que había realizado una segunda parte de campeón. En la otra zona de esa raya, amenazante se dibujaba la LEB. Era lo que quedaba para cerrar el partido. El marcador se había fijado en 85-84 y Brown hacía rodar el balón por el viejo parqué del pabellón bilbaíno. Era la canasta de la consagración, de olvidar los temores y los graves errores de una campaña dolorosa. El Lagun Aro también se jugaba borrar un ejercicio caótico. Botó, se apoyó en un par de manos celestes, como queriendo elevarlo al cielo de la grandeza. Diez, nueve, ocho. Mickeal quiso sobar la bola en la que miles de lucenses pensaban mordiéndose las uñas en su casa. Siete, seis, cinco. Otra vez Brown. De su mano ya no iba a salir. Cuatro, tres, dos. Trazó una diagonal, hizo una maniobra de distracción, dio un paso hacia adelante y reculó. Iba a sonar la chicharra. Se levantó con el alma de todo el breoganismo en vilo. Balón por el aire. El aro se debió ir unos milímetros más allá, porque el cuero lo rozó por su parte delantera. Cero. 85-84. Desesperación. La permanencia se escapa. Era el colofón de un partido de idas y venidas las que el Breo se metió en la cueva del miedo (49-33 en el segundo cuarto) y luego sacó la cabeza sin tanta pista de asustado. Prueba de ello lo da esa recuperación que le permitió tener una posesión para ganar. Durante toda la velada el cuadro lechero estuvo pesaroso. Lo sabía Txus Vidorreta, que incidió desde el comienzo en gastar a los emparejados sobre sus grandes, sobre todo Rancik, que fue un martillo durante tres cuartas partes de encuentro. Su juego de espaldas daba problemas y cuando llegaban las ayudas, los balones doblados al otro pívot desestabilizaban todo el sistema defensivo gallego. El Lagun Aro arrancó leyendo bien esas ventajas. Estuvo, además, acertados sobre la línea de triples, y eso le dio un ritmo adelante del que carecía el Breo. La solución en estos casos siempre es Mickeal. Pero el teléfono del crack de Illinois comunicaba durante el primer tiempo: el planteamiento defensivo de los rojillos, cerrando lateralmente penetraciones, lo anuló por completo. La rémora del rebote ofensivo también se agarró como una garrapata sobre los brazos ejecutores de los visitantes. Todo iba mal. Ni average ni victoria parecían estar a tiro. Y ahí es donde el Breo se desmarcó del abismo. La presión bestial de un Javi Rodríguez colosal insufló ánimos. Mickeal empezó acompañar y Bogavac también dio vida al balón cuando le llegaba a las manos. El Lagun Aro ya no lo veía tan claro. Temblaba a la hora de ir a los tiros libres, y eso que Peruga ser empeñó en montarle un adosado en esa línea de un punto. La cosa cambio y a partir de ahí fue el Lagun Aro el que jugó sin velocidad. Hasta que llegó el empate a 64, con la primera canasta del último cuarto. Se repitió la igualada a falta de medio minuto (84-84). Entre tanto, angustia y pasión se daban la mano en media pista. Tras un tiro libres de Rancik (85-84), todo quedaba en manos de Brown. Era demasiado premio que anotase tal vez para un equipo que ahora reza para que ante Menorca y Fórum Valladolid el baloncesto no envíe al Leche Río a la Liga LEB.