Un empate nada provechoso deja en el aire la continuidad de Gay.
16 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Ni un gran fútbol ni un espanto de juego -al menos no siempre-, ni grandes ocasiones ni una emoción especial, ni un desastre defensivo ni una zaga especialmente afinada. El Pontevedra se ha acostumbrado a hacer cada fin de semana partidos dramáticamente mediocres, de los de ni fu ni fa, de esos que dejan en el espectador una aburrida sensación de ya vistos mil veces. Ayer, el cuadro de O Burgo salvó un punto gracias a esa determinación que le sale de dentro de vez en cuando, en el momento en que las cosas parecen ya irremediables, la furia que sustituye al juego. De la inoperancia creativa de los granates habló, sin ir más lejos, el gol del empate: sólo una jugada individual, a todo esto preciosa, salvó los muebles, y sirvió para aplazar, quizá hasta hoy mismo, quizá hasta el lunes que viene, la decisión de la directiva acerca de si el técnico, José Aurelio Gay, continuará al frente del equipo o no. El caso es que Gay buscó darle una vuelta de tuerca a la alineación del equipo desde el primer minuto. Consciente de que el centro del campo del Pontevedra se ha borrado del mapa con demasiada facilidad en los últimos tiempos, acumuló jugadores en la zona: dejó a Luciano, Fede Bahón y Rey la responsabilidad de defender a tiempo completo, e hizo trabajar en la franja ancha del campo a Xaco, Cabrera, Navarro, Garipe y Capdevila, este último apoyando a sus compañeros desde la banda izquierda en el repliegue. La fiebre inicial, propia de un equipo que sabe que sus posibilidades de permanencia menguan semana tras semana, duró más bien poco: esta vez fue Moso, uno de los futbolistas más regulares del plantel, el que pinchó. Sus manos se negaron a atrapar un balón de falta enviado por Abel, y la gentileza la aprovechó Armando para hacer el 0-1. Nerviosismo El Pontevedra pareció menguar como un hielo arrojado al fuego. Dos medios centros del Málaga B, Hernández y Alberto, discretos y más bien ligeros, se bastaron para anular el dispositivo que los granates habían dispuesto en la zona. Empezó entonces el habitual desfile de balonazos a ninguna parte, desajustes defensivos, recortes hacia atrás, uñazos y demostraciones palmarias de nerviosismo. Al Málaga B le había bastado muy poco para ponerse por delante en el marcador de Pasarón -además del gol, de una buena ocasión que falló el ex granate Diego Castro y de un tiro de Abel que forzó un paradón de Moso, el filial se disolvió en la nada más absoluta durante todo el partido-, mientras los locales empezaban a trazar un rumbo de ocasiones -tampoco demasiado claras- fallidas que duraría hasta el final. Un par de tiros tímidos de Cabrera, tensísimo, y otro de Changui -que pudo ser objeto de penalti al final del primer tiempo- fueron el bagaje con el que los pontevedreses se marcharon al descanso. Gay se encomendó entonces a Padín, al que dio salida en el segundo tiempo. El catoirense, que podría escribir un tratado de ciclotimia en el deporte, hizo en tres cuartos de hora más fútbol que el resto del Pontevedra en dos meses. Aunque no bastó para hacer del equipo un portento, el panorama cambió bastante: los gallegos empezaron a llegar al área con asiduidad, pero, como les ocurre últimamente, sin enchufarla. La lista de desafortunados fue amplia, aunque el debutante Changui, muy activo, se llevó la palma: falló en la definición de una jugada trenzada por Padín y Javi Rodríguez, en dos disparos a bocajarro sobre Goitia, en un centro de Capdevila que se tragó la defensa malagueña... Xaco tampoco supo aprovechar un centro del boirense cuando el meta visitante estaba batido -envió el balón a dos palmos de la cepa del poste-, y Cabrera acabó de desquiciarse con otros dos tiros errados. Desatascador Capdevila, que ya ha salvado en más ocasiones al equipo en situaciones semejantes, actuó de desatascador mediada la segunda parte. Una jugada personal suya, forjada a base de regates en la frontal del área y finalizada con un tiro preciso sobre la baliza andaluza, sirvió para enchufar al Pontevedra al partido. El tanto del aragonés, por bonito que fuese, valió de bien poco, vista la situación en que se halla su equipo, aunque sirvió para aprovechar un punto de la primera de las finales que se habrán que disputar de aquí a junio, si hasta allá llega el Pontevedra con vida.