El Compos se muere por inanición

Manuel García Reigosa
M. G. Reigosa SANTIAGO

DEPORTES

LALO

Tras tres lustros subido al vértigo de las piruetas en la montaña rusa del fútbol, el club santiagués corre el riesgo de irse al traste, atrapado por los deudas y la falta de recursos.

25 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuarenta y dos años de historia azul y blanca corren el riesgo de estar escribiendo el epílogo, porque, en el mejor de los casos, sólo cabe apuntar que el futuro es incierto y de sudor frío para la Sociedad Deportiva Compostela, una entidad que viajó del cero al infinito y volvió a toda máquina. El club inició su azarosa singladura en 1962 y durante dos décadas vivió con relativa tranquilidad, a caballo de la Tercera y la Segunda B. La primera crisis llegó en el 86, cuando el equipo estuvo en un tris de desaparecer. Lo levantó una junta gestora entre cuyos miembros figuraba José María Caneda. Dicen del controvertido ex presidente que hacía los números en una servilleta. Y es cierto. Tanto como que guarda en su memoria las grandes cifras de su mandato: «Cuando ascendimos a Tercera teníamos un presupuesto de 13 millones de pesetas; en Segunda B subimos con 65; y de Segunda a Primera, con 225. En Primera empezamos con 480, al año siguiente 570, y llegamos a 1.485». Paradójicamente, la temporada de más opulencia acabó con el descenso. El maquinista que condujo la nave azul y blanca desde Tercera a Primera en sólo cinco años fue Fernando Santos. Ya se había comprometido con Caneda y aún no había tomado los mandos del equipo cuando acudió a Santa Isabel a pulsar el ambiente de la que sería en breve su nueva casa. No recuerda el rival, pero sí un detalle sustancial: «Llegué con tiempo a un partido, creo que de la Copa Galicia. Y me entretuve contando los espectadores. Había 189». El tren azul y blanco empezó a crecer, y a volar. Aquel escaso número de seguidores se multiplicó por setenta: «Conseguimos batir récords. En el ascenso a Primera, y en algún partido de la máxima categoría, se dieron cita en San Lázaro 14.000 personas». El ascenso a Segunda B Entre una estación y otra hay una parada especialmente emotiva para los compostelanistas de la casa: el ascenso a Segunda División. Chuco Barreiro, utillero del club durante treinta años, no duda en calificarlo como «a alegría máis grande. O salto a Primeira veu moi pronto. Pero, daquela, chegar a Segunda xa era moito». Suso Moure, jugador santiagués que vivió la peor etapa de los ochenta, el progreso de los noventa y, ya como integrante del cuerpo técnico, el declive del siglo XXI, también apuntaba recientemente, tras desvincularse del club, al partido frente al Badajoz que transportó al Compos a la categoría de plata, el día de San Juan de 1991: «Aquel equipo todavía tenía mucho de fútbol aficionado». Era la época de los entrenamientos en el campo inclinado de Lavacolla, cuando futbolistas y técnicos se jugaban las tortillas del aperitivo. En el 91 se incorporó al tren azul y blanco, de la mano de Caneda, José González Fidalgo. Juntos formaron un tándem que nunca pasó inadvertido. Y poco después acaeció un episodio que quizás no fue valorado en su justa medida. El Compos se convirtio en sociedad anónima el 30 de junio de 1992, tras suscribir un capital social de 87 millones de pesetas. El Concello tuvo que poner la mitad para que el proceso llegase a feliz término. La ciudad no había dado para más. Y Caneda, con apenas diez acciones, se convirtió en presidente, Volviendo al año 91, cabe recordar que el nuevo gerente había sido el primero en hablar de la Primera División, incluso antes de que el equipo debutase en la categoría de plata. «Puse el ejemplo del Albacete (el llamado queso mecánico de Benito Floro) -rememora Fidalgo-. Y lo conseguimos. Sin duda, el partido del ascenso ante el Rayo, en Oviedo, fue algo inolvidable». Santos pondera la gesta en una perspectiva diacrónica: «Supuso la culminación, acabar un proceso para un equipo que empezó como amateur y alcanzó la mejor Liga del mundo». Fabiano se emociona cuando echa la vista atrás: «Fue algo increíble. Toda la ciudad se volcó, salió todo bien». De la mano de Fernando Santos, el equipo salvó con éxito el desafío de la permanencia. Y de la mano de otro Fernando, Vázquez, llegó a proclamarse subcampeón de invierno en la temporada 95/96, la de la remontada frente al Barça de Cruyff (2-1), la de los 42 puntos al paso por el ecuador de la Liga. En 1998 empezó a virar la dirección del viento. El Compos perdió la categoría en la promoción con el Villarreal. Con un equipo millonario, no fue capaz de retornar a la máxima categoría. Y al tercer año los problemas económicos comenzaron a comerle espacio a la actualidad deportiva. La plantilla se encerró en abril para reclamar sus salarios, los resultados no acabaron de acompañar y, al final, el colectivo bajó a Segunda B. Milagros de otro signo El milagro del ascenso al primer intento, pese a estar cinco meses sin cobrar, y el de la permanencia en Segunda sin recibir una sola mensualidad en toda la temporada no sirvieron para que el tren azul y blanco recuperase su esplendor. Antes al contrario. Fue perdiendo el rumbo y la estructura. En julio, Caneda accedió a dejar la presidencia. Y Juan Silva tomó el relevo. Poco después, un juez confirmó que el Compos debía avalar más de 12 millones de euros para seguir en Segunda. «Esa ley nos machacó. Y ojo, porque otros la sufrirán muy pronto», dice Caneda. Silva tenía atados los cabos para competir en Segunda. En Segunda B, sin embargo, los apoyos se difuminaron y los embargos se multiplicaron. «El asunto del aval nos hundió», lamenta el presidente. Al Compos, cuando echa la vista atrás, poco más le queda que la canción de Dyango, en la que decía: «Porque es mejor querer y después perder... que nunca haber querido». Tiene un pie en Tercera y el otro, el de la continuidad, pendiente de que un juez decida si quiebra o le queda la oportunidad de la suspensión de pagos.