Antic entrenará a un Celta ya eliminado de la Copa del Rey

Víctor López VIGO

DEPORTES

ÓSCAR VÁZQUEZ

Gustavo López abrió una puerta a la esperanza con su gol

28 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

La Copa pasó para el Celta. Ayer quedó apeado por un global de 4-3 ante el Alavés después de ganar por uno a cero en Balaídos. Mantener imbatida su portería en Vigo después de casi cuatro meses no encontró la recompensa esperada. La mejoría defensiva no se vio acompañada por más fútbol de ataque. Con Antic en el palco, Ramón Carnero alineó un once con claras herencias del pasado. El matiz es que no era de un pasado reciente sino del pretérito pluscuamperfecto, es decir, un regreso al Celta de Víctor Fernández. Su columna vertebral estaba en el campo. El dibujo del 4-2-3-1 con Cáceres y Berizzo en el centro de la zaga, Luccin y Giovanella en el doble pivote y la tripleta de creación más clásica con Edú, Mostovoi y Gustavo López fue un calco de otros lienzos anteriores. No hay que olvidar que Carnero fue aprendiz del maño y este a su vez del serbio. El sistema era igual que el que echó a Lotina ante la Real, pero ya se sabe no son los esquemas sino los jugadores quienes hacen bueno un planteamiento. Las únicas diferencias eran José Juan, que suplió al lesionado a última hora Cavallero, y Pinilla que recordaba a aquellos tiempos mágicos de Turdó. Muchos parecidos pero una misma lectura: un equipo que sufre desequilibrios y por consiguiente se inclina. Para que la mencionada columna sostenga algo es necesario que su base -Berizzo- sea sólida y no lo es. El fuste -Luccin- no corrige los defectos ópticos, y el capitel -Mostovoi- decora pero se ha pasado del corintio al dórico en una involución artística inexplicable. Los celestes tenían que marcar dos goles y no encajar ninguno después del 4-2 de la ida. Aunque suene extraño, el Alavés dominaba y el Celta salía a la contra. En una de estas tuvieron su mejor oportunidad con un centro de Gustavo López que encontró un remate muy forzado, pero bueno de Pinilla. Luego Edú en un amontonamiento de piezas estrelló el balón contra el meta rival. Nada más. La primera parte no trajo buenos presagios para una segunda en la que se presumía que los célticos debían a ir ya a la desesperada. Sin revoluciones El único detalle positivo es que la portería local seguía a cero y eso tras un sinfín de perforaciones podía considerarse un éxito. La obra exigía albañilería eficiente y unas líneas bien marcadas. La interinidad de Carnero no trajo consigo revoluciones y en el momento de tomar decisiones en el proyecto de entrar en semifinales optó por un cambio de nueve con Milosevic por Mauricio Pinilla. Su cautelosa medida fue mal recibida por la grada que reclamaba soluciones desesperadas. La siguiente decisión fue Vagner por Luccin. La idea, la misma. Justo cuando Jesuli esperaba para entrar por Edú, la cabezonería de Carnero en su apuesta por los clásicos tuvo premio. Savo Milosevic fabricó una de esa faltas que sólo le hacen a él a pocos metros de la frontal del área. Gustavo López ejecutó el lanzamiento fuerte buscando un hueco entre las piernas rivales, lo encontró. Juan Pablo, portero del Alavés, dobló mal sus manos y se comió el gol. Quedaban más de veinte minutos para que los célticos volviesen a marcar y lograsen su objetivo. Los vitorianos se habían atrincherado y no escondían que se iban a poner a achicar. Los locales se dejaron el alma por la hazaña. Jesuli en una volea, un montón de balones colgados y un disparo cruzado de Gustavo López no encontraron recompensa. La transición entre el lotinismo y la radomanía se quedó en nada. El Celta ya sólo está en dos competiciones.