«En esta montaña no me voy a morir porque no me da la gana»

La Voz

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Apenas tres horas antes de iniciar el camino de regreso a España, afirmaba que tratar de igual a igual al Pobeda fue su mejor acicate para «no bajar la guardia».

18 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

«Imposible, no tengo tiempo para perder en un hospital». Fue lo primero que Chus Lago le espetó al médico del hospital de Karkar (Kazagstan) cuando aquél le dijo que sus manos no tenían buen aspecto y que habría de permanecer ingresada. La respuesta da idea de lo entera que se encuentra la montañera viguesa, pese a no conocer aún el verdadero alcance de la congelación que sufre, producto de la noche que pasó al raso el día 13 tras pisar la cumbre del Pobeda, su particular obsesión desde hace tres años. ?¿Llegó a temer por su vida? ?Pensé en la muerte, pero sólo para decirme a mí misma: ?En esta montaña no me voy a morir porque no me da la gana?. Haber conseguido tratarla de igual a igual fue un gran acicate para no barjar la guardia. Ha sido una gran expedición. ?Y cuando no hay fuerzas para dar un paso más ¿qué se hace para mantener la cabeza tan fría como el ambiente? ?A duras penas se logra. Fue muy duro. Sé que toqué la raya un par de veces, pero eché mano de mi lado más terco y me dije ni pa Dios me quedo aquí. ?Eso se llama voluntad. ?No sé cómo se llama. Lo que sí tenía muy presente es que un vivac (una noche al raso sin tienda, ni saco, ni víveres) lo puede contar uno entre no sé cuantos. Yo sabía que iba a pasar a formar parte de la estadística, pero tenía claro que iba a ser en la parte del uno, no en la de los no sé cuantos. ?Así fue. Otros no tuvieron tanta suerte. ?Cierto. Fue horrible. Mientras ascendiamos (con su compañero Merab Kharazi) vimos como ante nuestras narices se precipitaba al vacío un montañero inglés. Intentamos rescatar el cadáver, pero fue imposible. No pudimos hacer otra cosa que comunicar el lugar de la caída. Esto es alpinismo. ?Y pese a todo ¿merece la pena? ?Por supuesto. Es una sensación difícil de explicar para el que no vive la montaña. Aquí arriba se ven las cosas de otra forma. Mañana (hoy para el lector), cuando llegue a España, sé que mi gente me va a pedir explicaciones, pero los sentimientos no pueden explicarse. Por ejemplo, por mucho que lo intente, nunca podré contar con palabras el agradecimiento que siento por Merab Kharazi. Cuando a 7.000 metros de altura nos pilló la ventisca y, aterida de frío y sin fuerzas para dar un paso, le pedí que siguiera, lo hizo sin pestañear. Pero hizo mucho más, caminó durante toda la noche hasta llegar al campo quinto y, sin descansar ni cinco minutos, cargó con ropa y comida y regresó hasta donde me había dejado. Nunca he conocido una persona que diera tanto por otra. ?¿Le salvó la vida? ?La vida me la salve yo. Luche por ella con todas mis fuerzas; él hizo lo mismo por la suya pero, con las fuerzas que le quedaban hizo lo imposible por ayudarme. ?¿Qué le han dicho los médicos del estado de sus manos? ?Que tengo congelaciones de tercer y cuarto grado en varios dedos. Desde luego, me han pinchado por todas partes, me han metido de todo. Estoy un poco aturdida. Es una sensación muy extraña. No siento dolor. Estoy bien. Ahora sólo pienso en llegar. Tengo que colgar porque estoy saliendo del hospital. Voy hacia el aeropuerto. Eran las 12 de la noche en Karkar. Tres horas más tarde salía el avión con destino a Madrid. Y desde allí al Hospital Clínico de Zaragoza, el mejor centro de España en el tratamiento de congelaciones. «Les voy a meter prisa. Quiero verme en Vigo», dijo antes de colgar.