Un daño irreparable

GASPAR ROSETY

DEPORTES

07 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

EL PARTIDO del sábado debió servir para que Galicia entera ofreciera una bella imagen ante el resto del país. Al final, por encima de un equipo tan excelente como el Deportivo y de una afición hermanada con los suyos, Lendoiro se empeñó en ser el protagonista. Si era lo que deseaba, felicidades. Lo consiguió. Si quería hacer daño a la imagen de la región, felicidades. Lo consiguió. Si su sueño era impedir que quien suscribe entrase a Riazor para transmitir un partido y ejercer el derecho a la información, si lo que deseaba era impedir que triunfase la libertad de expresión, felicidades. Lo consiguió. Si quería ser otra vez pionero, al ponerle precio a la Constitución, en alquilar nuestra Carta Magna por el módico precio de 18.000 euros, felicidades. Lo consiguió. Si Augusto César quería quedar por encima del mundo, del Deportivo, como equipo, como club y como afición, felicidades. Lo consiguió. Si quería que todos observáramos atónitos su exhibición de poder, de mando, de totalitarismo, felicidades. También lo consiguió. Sin embargo, la fuerza nunca puede superar a la razón y la semana previa al derbi se construyó sobre la locura al pedirle dos mil euros a las peñas célticas. Dicen que por miedo a que se generase un conflicto político. Por otra parte, el veto personal a mi modesta persona es anecdótico. Me dio una importancia que no tengo ni deseo. Pero el veto a tres medios de comunicación alcanza tintes fascistas. Lendoiro lo consiguió todo en la noche del sábado. Ahora ya solo le falta conseguir que cuando el Deportivo salte al cesped de Riazor los jugadores formen frente al palco presidencial y lo saluden brazo en alto, como lo hizo Italia en 1934. Los transalpinos, entonces, lo hicieron ante Mussolini pero tampoco existen ya grandes diferencias entre aquello y lo que se perpetró hace cuatro días en A Coruña. Un entrenador excelente, un equipo de superclases y una afición extraordinaria, una ciudad, una provincia. El Deportivo. Enfrente, un presidente con la cabeza perdida, con los números rojos abrasando el futuro y utilizando escudos políticos («Me lo pide Fraga») para alquilar la Constitución por tres millones de pesetas. Es el principio del fin.