FÚTBOL / CELTA
28 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El fútbol es una mezcla de amor, pasión y deseo: Hay que estar enamorado de unos colores para ir domingo a domingo a Balaídos. La grada infunde pasión y la traslada al terreno de juego, donde los jugadores se mueven por un único deseo: la victoria. Entre los elementos para encontrarla no puede faltar el amor, por el balón entre otras cosas. El día que falte el romanticismo, el fútbol perderá su encanto. Al Celta lo que no le faltó fue el cuarto ingrediente, el corazón que le puso en la segunda mitad, cuando ya lo tenía todo perdido y que le valió para salvar un punto, aunque fue acreedor a un premio mayor porque fue quien más lo buscó. Faltó la seducción. El objeto de deseo no siempre se consigue sin esfuerzo. Lo normal es trabajárselo y tener que romper multitud de barreras para alcanzar el sueño. La victoria es una señora muy caprichosa. El Celta la anheló, su actitud fue intachable en la búsqueda del triunfo, pero el equipo vigués carece del encantamiento de antaño y tiene que forjarse sus deseos a base de perseverancia. Los célticos recurrieron a todo tipo de artes con el objetivo de seducir a la victoria: juego de banda, centros al área, remates desde fuera del área, etc. Sin suerte. El «piropo» de Mostovoi. Faltaba que alguien sacase un piropo irrechazable necesario para conquistar el sueño, esa magia que Mostovoi o Gustavo López portan en su alma. El ruso sacó de su repertorio un taconazo con destino a Sylvinho, que se internaba en el área, pero un tercero carente de romanticismo, el colegiado, no vio el penalti. El «amor» se va con otro. Uno cree a veces que lo hace todo para atraer a su amor, pero ella (la victoria) se fija a veces en quien menos la busca. El Valladolid también la deseaba, pero poniendo muy poco de su parte estuvo muy cerca de encontrarla. El equipo de Pepe Moré estuvo reservón, a la espera de sus ocasiones al contragolpe. Es un estilo que se le da bien fuera de casa. Le ha dado sus frutos hasta ahora. Claro que también tuvo sus descuidos defensivos, como en una cesión de Richetti a Catanha que el céltico no supo aprovechar. Esa extraña pareja. Víctor Fernández decidió situar a Karpin como pareja de baile de Giovanella en el doble pivote. El resultado no fue demasiado positivo, pues el hispano brasileño no se encontró cómodo al tener que estar demasiado preocupado por tapar los espacios que dejaba el ruso en sus incorporaciones cerca del área rival. Bailaron con el paso cambiado. Cuando no eres tú mismo. El Celta perdió ayer su naturalidad y así es difícil enamorar. No es natural que Karpin juegue en el centro. Otra novedad fue la presencia de Sylvinho. Con los cambios se varió el esquema en el terreno de juego. Una inyección cerebral. Ante la falta de respuesta por el inesperado gol del Valladolid, hacía falta un revulsivo. La mezcla del cerebro y el corazón es el mejor cóctel para alcanzar la meta. La inyección cerebral llegó con la introducción de Florian Maurice y Jesuli en el terreno de juego, que dotó al equipo de más poder ofensivo. Demasiado corazón. Fue una inyección directa al corazón y la sangre empezó a bombear con fuerza con destino a la portería que defendía Ricardo. El Celta puso todo su tesón, todas sus ganas, para no perder la oportunidad única de conquistar el lugar más preciado: la primera posición de la Liga. El premio se quedó a medias, pues el guiño de la victoria llegó solamente en el descuento, con un gol de Mostovoi, ¿quién si no? en el último minuto y un asedio desesperado, que dejó a los dos aspirantes sin triunfo. Falló la estrategia. Toda la semana hablaron en Valladolid de los problemas que tenían en las acciones a balón parado. El Celta ensayó estas jugadas en ataque, sin embargo ayer disfrutó de numerosísimos saques de esquina y no aprovechó ninguno. Los ensayos son buenos, pero la realidad está en el césped.