El francés se hizo el sueco

LIS FRANCO A CORUÑA

DEPORTES

TERESA HERRERA

11 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Y Zidane pisó el césped de Riazor. Cinco años después de su primera visita con motivo del Teresa Herrera del año 1996 y con un día de retraso por aquello de unas molestias musculares, el genio francés se dispuso a desplegar su fantasía sobre lo que, como ayer pudo comprobar, es y será feudo enemigo. El Real Madrid -y su 5 no fue una excepción- fue recibido con música de viento en Riazor. Saltó al campo en penúltima posición, entre Míchel Salgado y César. Su imagen, la habitual: serio, sereno, como queriendo pasar desapercibido. Definitivamente, no lo logró. Las cámaras, tanto las profesionales de los reporteros a pie de campo como las del turista ocasional y la del lugareño teñido de merengón, se cebaron en la figura lánguida de la figura. El pitido inicial no pudo ser más esperanzador. En el minuto 1, Zizou se llevó una pelota de espuela y abrió hacia la banda. Ohh... Hasta el deportivista más radical pensó por un momento «es que es muy bueno». Claro que todo fue un espejismo, porque Zinedine Zidane se limitó a cumplir el expediente. Los gestos de calidad, extraordinarios, fueron tan escasos que por un momento, y por dos, y por tres, la afición deportivista se olvidó que el mejor jugador del mundo estaba allí, en el mismísimo Riazor. Lo cierto es que el francés se autoexcluyó del partido sin haberlo iniciado. Se mostró lento, con escasas ganas de participar y escondido por momentos. Tácticamente, le tocaba lidiar con Emerson. No. Se movió un poco hacia la derecha pensando, quizá, que con Duscher lo tendría más fácil. No. Se fue entonces hacia la banda izquierda. Manuel Pablo lo acabó de rematar. En la segunda parte, espoleado por el gol del empate del Dépor, agitó la chistera y se sacó, con esa elegancia reservada a los grandes, dos o tres toques «Made in Casablanca». Un tiro intencionadísimo buscando la escuadra de Molina, un bicicleta con la cintura complicada de explicar y más todavía de ejecutar, dos fintas exquisitas y un par de mates de balón de alta escuela. No obstante, la afición de Riazor se quedó con ganas de ver en acción al mejor pagado y mayor figura del balompié mundial. Quizá fueron esas molestias que le impidieron jugar la semifinal, tal vez la escasa preparación física, pero lo cierto es que ayer sobre el césped de Riazor brillaron nombres y hombres, y ninguno tenía zetas. Ya saben, Valerón, Duscher, Victor... En definitiva, que no es más rico el que más tiene y que Zidane todavía no sabe lo que es ganar en Riazor.