FÚTBOL
05 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«No sé por qué, pero te tengo un aprecio innecesario», me dijo Ramón Mendoza poco después de haber alcanzado el sueño de su vida, la presidencia del Real Madrid. Ramón y yo nos las habíamos tenido muy tiesas porque un día, a finales de los setenta, descubrí cierto operativo que tenía montado para regresar a la directiva del club tras haber sido apeado de ella por Santiago Bernabéu. Una cumbre de madridistas notables -Luis Martínez Laforgue, Jesús López Patiño, Pedro Zapata, Juan Padilla y algunos más- decidió que había que frenarlo y lo lograron. Yo me había anticipado a la respuesta y siempre que tuvo ocasión me lo recordó. Me lo recordó y lo entendió. Luego, aún tuvimos tiempo de acercarnos, como de separarnos de nuevo por el fichaje de Prosinecki y de volver a acercarnos. Hasta en los momentos de ruptura mantuvimos contactos reforzados al ser arrojado del club de forma indigna por el binomio Sanz-Onieva a los que durante años calificó de okupas. Ramón Mendoza era un madridista interminable y un hombre singular, y fue también un presidente exageradamente perspicaz y pragmático. Intuitivo, inteligente, conocedor del fútbol y de lo que se tejía a su alrededor, Mendoza podía presumir de haber sido generoso con la gran causa que defendió a corazón abierto. Fichó de una tacada a Maceda, Gordillo y Hugo Sánchez y con ellos y con la Quinta construyó un Madrid inolvidable por el que sentía una gran pasión. Tanta que una tarde, para sonrojo de los puristas, dio una vuelta al Bernabéu junto a los suyos con la Liga recién ganada. Culto, mordaz, sarcástico, dueño de una imaginación desbordante, amante de la buena mesa, desenfadado, padre de familia numerosa, buscó y encontró corazones en los que cobijarse y a los que dar cobijo. Bromeaba con la vida y con la muerte, pero nunca toleró que nadie se cruzase en los caminos blancos. No escatimó el esfuerzo, pero el fútbol, sus colores y sus jugadores le compensaron con creces al frente de la presidencia. Creció con el anhelo de ver su nombre y su apellido ligado al del club de sus amores. Ganó cinco Ligas y dos Uefas y dotó a la sociedad de un aire triunfal que poco a poco había ido perdiendo por la levedad de su predecesor, De Carlos, un perfecto caballero. Luego, sin embargo, los azares del fútbol y de la vida acabaron apartándole del palco. Curiosamente, se fue de él sin armar ningún ruido, sin gastar ninguna broma él, al que tanto le gustaban, porque con el Madrid no se podía bromear. Fue un hombre muy notable que supo saborear la vida y ser feliz con los suyos, y fue también un excelente presidente más allá de los errores que pudo haber cometido y por los que se le hizo pagar demasiado en poco tiempo. Se le recordará por eso y no será fácil que se le pueda emular. Nos teníamos un afecto «temporalmente innecesario» y al que no renunciamos jamás. Ni cuando nuestras diferencias parecían insalvables. Fueron ésas, por cierto, las que acabaron acercándonos definitivamente. Hasta anteayer. Anteayer, a todos se nos rompió el corazón.