BALONCESTO / LIGA ACB
14 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Para hablar del Estudiantes habría que meterse en el instituto Ramiro de Maeztu, mezclarse entre su legión de alumnos y perderse por las aulas. El primer club de baloncesto del país, con permiso del Joventut, se fraguó entre las cuatro paredes de un centro educativo en cuyos pupitres quedan muescas de Codina, Martínez Arroyo, Ramos, Azofra y Reyes. Las gargantas de Antúnez y Herreros también gritaron en el viejo Magariños el grito de guerra: «La Demencia es la madre de la ciencia». El Ramiro bulle y rezuma baloncesto desde primera hora de la mañana. «Lo mejor es verles crecer como deportistas de elite», expone orgulloso el entrenador del equipo de ACB, Pepu Hernández. Tanto él como su ayudante, Ángel Goñi, son dos productos más de la casa, condición casi indispensable para acceder al primer banquillo. El club controla directamente a trescientos pequeños, que pueden iniciar su andadura en la pirámide de equipos del Estu desde los nueve años. De forma indirecta, en escuelas externas, puede supervisar la evolución de otros trescientos niños. Todos los jugadores nacionales del primer equipo pasaron por las aulas del instituto de la calle Serrano. Es más, Felipe Reyes, Azofra y Martínez han defendido sus colores desde minibasket. Tan apreciable material humano necesita también un hogar confortable. Por el Ramiro de Maeztu se reparten tres canchas: La Nevera -con capacidad para mil personas, bautizada de esta forma por el frío reinante-; Magariños -una famosa ratonera que albergó partidos de Korac en donde pueden entrar 2.500 espectadores y a veces entrena el primer equipo-; y La Piscina -denominada así porque estaba destinada a nadadores y al final se reservó para el minibasket-. Los vestigios del primer equipo son comunes en el centro docente. Sus paredes se adornan con imágenes de jugadores del Estu, con reclamos de los partidos de casa, y las oficinas del club impregnan cierto aroma de ACB. Y luego está la Demencia, el grupo de animadores más famoso de España. «Ha bajado su ingenio. Llegó a su apogeo en la Final Four de Estambul y ahora se están perdiendo algunas señas de identidad, quizá coincidiendo con el traslado al Palacio de la Comunidad de Madrid», expone Mariano de Pablos, redactor de la revista Magata, dedicada por completo al Estudiantes. Antonio Magariños, catedrático de latín, fue el padre de la criatura, cuando animó a un grupo de estudiantes a formar un equipo de baloncesto en 1948. Un año más tarde pasó a la primera categoría del baloncesto español, de donde no se ha descabalgado jamás -es uno de los tres equipos que ostenta ese privilegio-. Después llegó la creación de una sección femenina y la formación de treinta equipos que acogen a 780 jugadores. Más de un centenar de personas, entre entrenadores, preparadores físicos y fisioterapeutas, hacen posible el milagro de la gran cantera del baloncesto español. Cada jugador del Adecco apadrina uno de los equipos de categorías inferiores y a menudo visita a su grupo para entrenar.