Al medio del campo céltico le gusta la samba brasileña

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FÚTBOL / CELTA

24 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde que en la temporada 1939/40, el guardameta húngaro Alberty se convirtiera en el primer extranjero que vistiese la camiseta celeste con la cruz de Santiago en el pecho, muchos han sido los foráneos que han pasado por las filas del Celta. Si durante la primera mitad de la década de los años noventa la plantilla se balcanizó, el Celta del siglo XXI habla el suave portugués de Brasil. Los cinco brasileños del Celta tienen sus precedentes en grandes pero también en mediocres jugadores que pasaron por Vigo en los últimos veinticinco años. A finales de los años setenta, Ademir dejó patente de su clase en el medio del campo celeste, pero la gran atracción brasileña vino unos años después. Baltazar se convirtió en el primer internacional brasileño que jugaba en el Celta. Aunque su llegada a Vigo coincidió con un descenso, al año siguiente se resarció y marcó la friolera de 34 goles, penalti incluido en Riazor que valió el ascenso a la máxima categoría. La facilidad goleadora del atleta de Cristo no pasó desapercibida para el nuevo rico Jesús Gil que lo arrastró al enésimo proyecto rojiblanco. Como substituto llegó un joven Amarildo que, si bien no llenó el hueco goleador de Baltazar, dejó muestras de gran calidad en la delantera celeste. Tras dos temporadas, fue traspasado al Lazio italiano. Las peores experiencias céltica con brasileños llegaron con el «adonis» Mauricio y el frustrado Luisinho. Al año siguiente llegaron Nilson y Fabiano, pero tan sólo éste último dejó buen sabor de boca en Vigo, a pesar de su extraña huida al Compostela. Pero el mayor acierto procendete de Brasil fue la llegada de Mazinho, un campeón del mundo, que revolucionó el juego celeste. Con la batuta del brasileño, el Celta alcanzó sus mayores éxitos deportivos y, sobre todo, el mayor nivel de juego de toda su historia. Víctor Fernández dijo de él que era un futbolista «insustituible».