Andrea siempre fue Camilleri

H. J. P. REDACCIÓN / LA VOZ

CULTURA

Retrato. Detalle del «Retrato de Andrea Camilleri» realizado en 1958 por Sigfried Pfan y que ilustra la portada del volumen «Os escribiré: Cartas a la familia 1946-1960», que el sello Salamandra publicó recientemente en castellano. El libro ofrece un retrato del estudiante en Roma en su morriña del hogar siciliano y un relato de su educación sentimental y artística.
Retrato. Detalle del «Retrato de Andrea Camilleri» realizado en 1958 por Sigfried Pfan y que ilustra la portada del volumen «Os escribiré: Cartas a la familia 1946-1960», que el sello Salamandra publicó recientemente en castellano. El libro ofrece un retrato del estudiante en Roma en su morriña del hogar siciliano y un relato de su educación sentimental y artística.

Las cartas que envía a la familia entre 1946 y 1960, reunidas en el volumen «Os escribiré», revelan al estudiante ya sobrado de trabajo, talento, audacia, humildad y empatía

28 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

«Matilda, querida mía: Te escribo esta larga carta a pocos días de cumplir noventa y dos años, cuando tú tienes casi cuatro y todavía no sabes lo que es el alfabeto. Espero que puedas leerla en la plenitud de tu juventud. Te escribo a ciegas, tanto en sentido literal como figurado. En sentido literal, porque en los últimos años la vista me ha ido abandonando poco a poco. Ahora ya no puedo ni leer ni escribir, solo dictar. En sentido figurado, porque no consigo imaginarme cómo será el mundo dentro de veinte años, ese mundo en que te tocará vivir. Y es que, querida mía, en las tres últimas décadas las transformaciones que se han producido a mi alrededor han sido muchas, algunas de ellas absolutamente inesperadas y repentinas. El mundo ya no tiene el mismo aspecto que en mi juventud y mi madurez». Este es el comienzo de la larga carta que, apenas un año antes de su fallecimiento, Andrea Camilleri escribía a su bisnieta —y que compone su libro Háblame de ti— porque sintió que debía ser él mismo —y no solo su madre, Alessandra— quien le contara cómo era su bisabuelo a aquella chiquilla que entonces correteaba y se escondía bajo la mesa en la que el escritor todavía trabajaba. Por ejemplo, hablarle del tiempo de miseria en que era un escolar y «los hijos de los campesinos iban al colegio con los zapatos colgados del cuello para no gastarlos y no se los ponían hasta el momento de entrar en el aula».

Pues bien, resulta emocionante, conmovedor, encontrar ya esta misma sabiduría, humildad y empatía casi setenta años antes en las cartas que el joven estudiante Camilleri, veinteañero, desplazado en Roma, escribe a los suyos dando cuenta de sus andanzas capitalinas, de su vida y sus progresos formativos —correspondencia guardada en un sótano, inédita, recuperada por sus hijas y ahora reunida en el volumen Os escribiré: Cartas a la familia 1946-1960—, dejando aflorar su morriña y su melancolía del hogar siciliano de Agrigento. Son alrededor de doscientas misivas, que recogen el período que va desde su primer año en Roma como alumno en la Academia de Arte Dramático hasta que sus progenitores a inicios de los 60 se mudaron de Porto Empedocle a Roma.

En ellas, dicen sus hijas, aflora un Camilleri «completamente desconocido, un muchacho tierno pero con un carácter muy decidido que creía en sí mismo y que, a pesar de los muchos obstáculos (desde el económico, porque los cuartos escaseaban, hasta los derivados de la lejanía de sus padres, pasando por las veces en que le dieron con la puerta en las narices), siempre siguió adelante». Conforman una especie diario en el que, junto a la impetuosidad juvenil, aparece una gran ironía que permanecerá en su vida y en su obra literaria.

No solo está el teatro, la Academia, Roma, el ocio, los grandes autores, las lecturas, los amigos, la curiosidad y los encuentros, un friso de la cultura italiana de la posguerra, está, sobre todo, el lado íntimo y cotidiano de Andrea, quien para ahorrar —y no pedir más dinero a la familia— no duda en ir a comer —o vivir un tiempo— con sus tíos y aprovechar sus zapatos hasta la extenuación. Y que, sin ocultar la verdad, no traslada a los padres innecesariamente sus preocupaciones.