André Gide como asesor editorial rechazó la obra de Proust. Comentó: «Dice en varias páginas lo que se puede decir en dos líneas». Rechazó entonces lo proustiano: los matices, las sutilezas, la íntima riqueza del mundo. Y esas frases prodigiosas que nos lo regalan. Gide tenía un estilo clásico y quería que todos fueran clásicos. Así funcionan en gran medida las editoriales.
Ahora vivimos otra vez en un tiempo de reglas para todo, como en el XVIII. Como si no hubiera existido la literatura moderna, Proust, Joyce o Kerouac. Muchos pretenden un estilo impersonal de enciclopedia imbuido de supuesta corrección. Un tipo me dijo una vez que no se podían explicar las acciones de un personaje después de contarlas. Nunca supe de qué libro de leyes sacó eso. Una pedante me dijo que no se podía variar el punto de vista. Es tan absurdo poner reglas en la creación. Yo me las salté muchas veces siguiendo la originalidad y la expresividad. A veces pongo montones de comas para expresar torrencialidad y vértigo. Pero viene un editor de revista y me pone en medio el punto y coma formalito. La mediocridad nos roba el mundo y la literatura.
Pero Proust nos regaló el mundo prodigioso con su estilo. Porque la clave es el estilo. Y el estilo no es un adorno, es un tono personal, una voz única, una mirada propia sobre el mundo. Proust nos devolvió el mundo, tan empobrecido y simplificado por los clasicistas, igual que una magdalena le dio a él toda su infancia y su vibración recuperadas. Proust es la magdalena que nos regala la magia infinita (por eso necesita frases tan largas, culebreantes, complejas, plenas de matices y precisiones) de cada detalle del mundo. Y de todos los sentidos, en esta época de digitalismo desnutrido que hace ascos a los sentidos y el mundo físico tan inagotable.
A veces me pierdo en una frase de Proust, como en el meandro de un río lleno de corrientes y ramificaciones y no sé cuándo acabará ni cuándo empezaba. Me pierdo, pero me siento tan bien ahí dentro, acompañado de vibración y presencia, de palabras como magdalenas, de pequeños milagros de sensibilidad y visión. Me siento tan bien en ese mundo lleno de sabor y de música, y de reverberaciones y conexiones insólitas. Y me veo a mí mismo tan interesante e insólito como se veía a sí mismo Proust, y me siento lleno de existencia. Porque la primera vez que leí En busca del tiempo perdido, a los 17 años, estaba en un hospital en Barcelona, y a pesar de esa atmósfera tan sórdida me parecía delicioso vivir. Y los recovecos de la sensación y la memoria me colmaban y defendían. Por eso agradezco infinitamente a Proust y desprecio a todos los Gides, imbuidos de sus reglas mezquinas, que no ven más allá de sus prejuicios y fórmulas.
Recuerdo el filme más interesante de Godard, Lemny Caution contra Alphaville. Un detective rebelde y melancólico se enfrenta a un mundo de felicidad masificada y mecánica, de despersonalización absoluta (o sea, nuestro mundo), donde incitan a la gente a suicidarse para dejar sitio a los más rentables. Para mí, Proust, en su centenario, tan poco celebrado en estos tiempos de best sellers, es como Lemny Caution con su personalidad como un agujero que nos abre contra este mundo literario de reglas impersonales y de fórmulas para ganar dinero. Las frases han perdido esa magia y capacidad de apertura que Proust les dio un día para asombro de tantos. Pero los Gide siguen resumiendo en dos frases y eliminando toda la vida que no cabe en esas dos frases. Y coartando con reglamentos municipales y espesos la vida y la literatura.
Gracias, Proust; adiós, Gide.