María Bouzas: «El rey es guapísimo»

La actriz admite que áun está recuperándose de nueve años en el papel de Francisca Montenegro, la malvada protagonista de El secreto de Puenteviejo


Hace casi un año que María Bouzas (Mugardos, 1962) cerró su experiencia como Francisca Montenegro, la villana de la serie El secreto de Puente Viejo, a la que encarnó a diario durante nueve años. Dice que aún la echa de menos y por momentos, escuchándola, parece que el personaje quiere emerger. Pero empecemos por el principio.

-De Mugardos.

-De San Xoán do Piñeiro. Pero solo estuve allí hasta que cumplí un año. Luego mis padres emigraron a Suiza. Y allí crecí, hasta los 16.

-No fue de esos niños a los que los padres dejaban con los abuelos.

-No. Tuve la suerte de crecer con mis padres, aunque no los veía mucho, porque siempre estaban trabajando. Puedo decir que no tuve adolescencia porque hacía lo que me apetecía. Después de hacer los deberes, eso sí.

-Regresó mocita, es una edad a la que no gusta que te cambien de ambiente.

-No, no fue nada fácil. En primer lugar porque me metieron en un colegio de monjas, cuando yo nunca había tenido religión. No encajaba. Mi mentalidad era diferente.

-¿Cómo se interesó por la interpretación? Seguro que les dio un disgusto a sus padres.

-A mi padre casi le da un infarto. No lo aceptó. Mi madre sí. Me dijo que ella no había podido hacer lo que quería y me animó a hacerlo. Así que hice los exámenes de ingreso para estudiar en Madrid. Era una época que daban una serie que se llamaba Fame y todo el mundo quería ser actor o actriz. Pasé las pruebas y entré. ¿De dónde me venía la afición? Ni idea. Yo era muy tímida, pero descubrí que en encima del escenario me relajaba.

-Y su padre lo aceptó.

-Mi padre se tranquilizó cuando pude comprar un coche, ja, ja.

-¿Y ahora qué está haciendo?

-Bueno, la mayoría de actores no hablamos de proyectos hasta que no está firmado el contrato. Sigo descansando, porque nueve años de Montenegro es mucho tute. Una serie diaria es muy duro y aún no me he recuperado. A veces me sorprendo a mí misma pensando en la Montenegro.

-Va para un año, ya.

-Justo pillé el último avión Madrid-Santiago, por la noche. Al día siguiente, estado de alarma. ¿Se imagina que me hubiera tenido que quedar en Madrid?

-¿Cómo hacía cuando grababa, volvía los fines de semana?

-Sí. Todos. Con el tiempo me arreglaron para bajar los días de grabación y así podía estar aquí un poco más. A mí Madrid me gusta, pero es que no me daba tiempo a pasear ni nada. Me pasaba la vida estudiando. En cualquier cola, sacaba el guion para estudiar. Para mí era muy importante venir los fines de semana. Lo primero que hacía en Lavacolla era coger el coche y bajar las ventanillas: ¡qué aire tan maravilloso!

-Haciendo de mala tanto tiempo, ¿se le pegó algo?

-Ja, ja. No. Ella no se manchaba las manos. Yo mandaba y Mauricio [otro personaje de la serie] ejecutaba.

-¿Se motivaba por las mañanas para ser mala en el plató?

-Me ponían la peluca y ya. Yo no soy de esas actrices que se levantan y piensan en el personaje; yo me levanto y pienso: «Jo, qué sueño tengo». Ni me lo llevo de vuelta a casa, porque tengo que descansar del personaje. Nunca fui la Montenegro fuera del plató. A veces me reconocían por la calle y yo sonreía y la gente se quedaba como «¡Ah, pero sabe reírse!», ja, ja.

-¿Nunca le dijeron algo desagradable? Por lo de ser tan mala.

-No, nunca. La gente se portó siempre muy bien. Sin público no somos nada, por eso les estoy muy agradecida, aquí, en Italia, en Chile... Jamás pensé que me iba a pasar algo así.

-Leí que la habían invitado a una recepción real con una delegación chilena porque la presidenta Bachelet la quería conocer.

-Es verdad. Pensé que me estaban tomando el pelo. Pero era verdad. Y me lo pasé muy bien.

-Pero fue sin peluca.

-Sí, claro. Me hice fotos con todos los ministros de Chile. También con los ujieres. Cuando estaba con ellos vino el jefe de protocolo porque doña Letizia quería hablar conmigo, pero no dio tiempo. Con el rey sí.

-¿También veía la serie?

-Mmmm. Yo creo que no. Pero estaba muy preparado. Tenía mucha información sobre mí, lo que había hecho profesionalmente. Y tengo que decir que es guapísimo.

-¿Celta o Dépor?

-No me interesa el fútbol. Solo estuve una vez en un partido. Jugaba la selección suiza contra la española. Aquello estaba lleno de emigrantes, con la bota de vino y el jamón, ja, ja.

-Intente definirse en cuatro palabras.

-Empática, payasita, acogedora y seria.

-¿Seria? Será herencia de doña Francisca.

-No, no. Soy seria cuando toca.

-Siendo de Mugardos, el tema del pulpo lo tendrá controlado.

-No crea que es lo que más me chista. Prefiero unos centollos pequeñitos que se llaman bruños.

-¿Qué le gusta hacer?

-Me gusta mucho leer. He perdido el hábito del deporte y no estoy en forma. También me gusta la música; me reconforta.

-¿Sabe tocar algún instrumento?

-Tocaba la guitarra clásica, pero perdí el hábito.

-¿Tiene un lugar favorito?

-El acantilado da Herbeira, cerca de San Andrés de Teixido.

-Dígame una canción.

-Blue Moon.

-¿Qué es lo más importante en la vida?

-La salud. Sin ella no puedes hacer nada. Y querer a la gente.

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