Igor Paskual: «Voy a ser claro, yo no tengo ningún talento para la música»

El guitarrista de Loquillo presenta esta noche en Culleredo su nuevo disco, «La pasión según Igor Paskual» un canto a la vida nacido de la muerte de una amiga


redacción

Le pone tanta alma a su oficio que ha decidido titular su nuevo trabajo La pasión según Igor Paskual. El lugarteniente de Loquillo acaba de sacar su tercer trabajo en solitario. Lo presenta hoy en Culleredo (Forum Celticum, 22.30 horas, 8/10 euros) y se trata un canto decidido a la vida impulsado por una muerte próxima que le hizo pensar en muchas cosas. Entre otras, reafirmar su vitalismo y sus ganas de vivir. 

-En la gira de del 40º aniversario de Loquillo usted difundió un video en redes sociales en el que decía que «eran los últimos de una estirpe», de esa generación que creció con el rock and roll ahora que muchos ya lo han sentenciad a muerte. ¿Se siente así?

-Somos los últimos que nos hemos criado en la era pre-Internet. Eso no significa que el rock no pueda tener vigencia hoy en día y sea una herramienta estupenda para entender el mundo y estar en él. Es un género muy permeable. Pero sí que es verdad lo que decía entonces. Es una cuestión de formación. Es como Boecio, que era el último romano. Estaba entrando la Edad Media y él era el último que tenía una formación clásica. 

 -Aparte del cambio de Internet, hay otro sociológico o psicológico. Fernando Pardo, guitarrista de Sex Museum, decía una vez que, en el 2012, el rock había perdido el peligro y se había convertido «en un eterno anuncio de vaqueros». ¿Qué piensa?

-No le falta razón, pero creo que se equivoca en la fecha. El rock and roll deja de ser peligroso prácticamente desde que nace. En Estados Unidos tiene una connotación racial muy interesante, por su propia coyuntura. Pero el rock and roll, desde el primer momento, vende rebeldía y vende sueños. Pero los vende, ojo. Es un producto capitalista de primer orden. Siempre se ha movido entre estar dentro y estar fuera, en la frontera. Pero, igual que le sucede al hip-hop, al trap y a todos los géneros que están en esta sociedad y donde se produce un intercambio económico. Además, ahí la ostentación de la riqueza es algo que se mira con buenos ojos. El rock no deja de ser un arma de ascenso social, con lo bueno y lo malo que tiene esto. ¿Es peligroso? El rock en sí no es nada, es un sonido. Depende del grupo, de cómo lo haga puede ser peligroso o una cosa más adocenada. Antes lo ocupaba todo y ahora tiene que competir con mil y una oferta de ocio más. ¿Dónde es importante el rock and roll? En países que lo necesitan. Por ejemplo, cuando los Sex Pistols estaban en el 77 en Inglaterra, que podía parecer peligroso, en el fondo el punk sí que era realmente peligroso en Chile, Argentina o Brasil, donde había dictaduras. En el Inglaterra, no. Igual que ser un enfant terrible en Francia. Era bastante más peligroso fumar un porro en España en la época franquista que ser Serge Gainsbourg en Francia. Los niveles de riesgo hay que medirlos en términos reales. El peligro del rock en una democracia hay que cogerlo con alfileres. Lo que pasa es que nos transmite esa emoción tan grande de rebeldía, de vivir y de sexo que, cuando escuchas una canción de rock, parece que estás cambiando el mundo. Ese poder es increíble. Te provoca un seísmo interior. Si logras que eso salga fuera, estás haciendo una pequeña revolución. Ese poder de remover cosas sí que lo tiene. Eso era en el 54 y lo es hoy en día. 

-En esa entrevista de Fernando Pardo hubo un comentario de un lector que mencionaba a Pussy Riot que, por aquel entonces, entraba en la cárcel precisamente por lo que hacían con su música.

-Mira, cuando yo monté Babylon Chat a mediados de los noventa éramos un grupo que íbamos maquillados, intentábamos no utilizar género en las letras y a veces rozábamos la cosa hair-metal un poco angelina. A mí me dieron una paliza al salir de un concierto al grito de «maricón». Y a nuestro batería, también. Esto fue en la segunda mitad de los noventa, justo cuando Aznar llegaba al poder. Hubo como un receso. Parecía que los ochenta no habían servido de nada. Parecía que estábamos inventando el glam, cuando el glam ya estaba inventadísimo y se había hecho en España. No éramos los primeros y parecía que llegábamos a cambiar el mundo, cantando maquillados en castellano. Y fue peligroso literalmente, con mogollón de problemas para tocar en ayuntamientos, con conciertos cancelados, con palizas… algo que resulta difícil de creer y que resulta que ahora vuelve a pasar. Y no te digo nada si eras mujer. En Gijón hubo dos grupos, Undershakers y Nosoträsh, completamente formados por mujeres y que les fue muy bien. Ellas te pueden contar lo que era ir a tocar y la cantidad de problemas que tenían. Ya solamente decirle a tu padre que querías tocar en un grupo, decírselo a tu novio...Y cuando vas a tocar lo que supone estar ante un público donde te llaman de todo. Ahí es un acto claramente político. Ahí estoy de acuerdo con Fernando. 

 -El promotor de su concierto en A Coruña recordaba estos días que la primera vez que tocó con Babylon Chat, se presentaron diciendo: «Hemos venido aquí a follarnos a vuestras novias y a vuestras hijas, especialmente a las de Aznar». ¿Se ve a sí mismo ahí?

-Siempre he creído que un concierto tiene que ser altamente impactante. Tengo muy en cuenta el tiempo de la gente y me ha costado mucho llenar salas. Horrores. Ha sido un esfuerzo de casi 44 años que tengo. Tengo tres hijos y, cuando quiero ir a ver a una banda, tengo que hacer verdaderos encajes de bolillo, como nos pasa a todos. Ese tiempo quiero que sea lo máximo posible. Desde el primer momento tiene que ser muy especial. El recurso de la provocación, siempre dentro de unos códigos que la gente del rock más o menos entiende, ya crea otro clima. Es como decir: «Estamos en otro espacio, lo de fuera no importa y esto es otra cosa». Antes usaba esos recursos, porque tocaba peor y lo que tenía era la energía y la provocación. Según voy creciendo, uso otros que pegan más con lo que hago ahora. No es que me identifique ahora con eso, pero si volviera a tener esos años volvería hacer eso. 

-Triángulo de Amor Bizarro hace muchos años salían a escena e Isa su bajista decía: «Hola somos Triángulo de Amor Bizarro y nos gusta que nos metan el dedo por el culo».

 -Eso tiene más poder si lo dice una chica, claro. Ese shock inicial te cambia, te pone en otro mundo y para mí eso es magia.

-Su nuevo disco se titula «La pasión según Igor Paskual», que provoca bastante. Además, juega con la imaginería religiosa. ¿Por qué ha tirado por ahí?

-Este disco nace porque la antigua bajista que tocaba en mis discos y era ayudante de producción de mis dos trabajos anteriores murió con 35 años. Yo nunca he tenido grandes pérdidas en mi familia. Era la primera vez que vi la muerte de una manera tan real y tan injusta. Me volví a plantear por qué al bien la cuesta tanto imponerse. El mal triunfa y la violencia se impone por más que nos digan. A partir de ahí yo quería que fuese un disco positivo que hablase de la pasión, que es la intensidad. Para eso me he servido de toda la imaginería católica que tenemos en este país que, seamos creyentes o no, la tenemos muy imbuida. La religión católica es muy táctil, muy carnal, muy física y muy visual. Hay un montón de metáforas que se pueden utilizar y que todos conocemos. 

-A lo mejor, en otro momento, estaría en la cárcel o se haría una quema pública de sus discos. 

-Puede ser. Podemos pensar que las cosas cambian. Y no, las cosas se hace que cambien. 

Doy leve tirón de orejas a mis compañeros de profesión, donde se utiliza la tristeza como un modo de adquirir prestigio. Es algo que no soporto.

-Eso funciona en las dos direcciones. Le pongo una hipótesis: un ayuntamiento lo contrata y una asociación se dedica a extractar versos de su último disco, dice que son blasfemos, monta un change.org y pide que se cancele. ¿Qué le parece?

-Falta mucho sentido del humor y falta mucho sentido de lo que es el arte, incluyendo dentro a la música. El arte es el último reducto de libertad absoluta. Es el único lugar en donde podemos confraternizarnos con un malvado. Cuando en la Biblia dice «amarás al prójimo como a ti mismo» eso es literalmente imposible. O lo de poner la otra mejilla. En el mundo real es imposible. Por eso el arte es tan importante, porque es el último lugar en el que puedes amar a alguien que, en la vida real, odiarías. Eso se tiene que preservar. Hay que vigilarlo mucho. Nos jugamos un espacio emocional muy necesario.         

-¿Su nuevo disco es un canto a la vida y a las ganas de vivir?

-Sí. Y un leve tirón de orejas a mis compañeros de profesión, donde se utiliza la tristeza como un modo de adquirir prestigio. Es algo que no soporto. Los actores ganan Oscars por tragedias y nunca por comedias. ¿Por qué tiene más prestigio el pesimista que el optimista? Eso es algo que siempre me ha interesado mucho. Si te fijas, en las favelas nadie hace música triste. En el blues, que surgió un poco después de las plantaciones, la gente no hablaba del trabajo. Hablan del dolor, de muchas otras cosas, pero rara vez hablan del trabajo. Bruce Springsteen, que yo lo adoro, no pisó nunca una fábrica y es el cantante obrero. Y sí es un canto a la vida por eso: «Chicos, que viene una crisis, que van a venir jodidas pero en el fondo somos un tanto por cierto de seres privilegiados en este plantea. Vivimos en Europa Occidental, tenemos agua corriente y seguridad social. Vete a vivir a México, a Lima o incluso a Estados Unidos. Ten una enfermedad allí y verás. Vivimos en un país cálido, con cierto atractivo humano, donde la gente se cuida la una a la otra más o menos». Está bien el lamento, pero si te pegan una paliza, que es algo horrible, puedes ir a la policía. Que te pase eso en Buenos Aires. No puedes. Vivimos en un país mejor de lo que creemos. 

-Habrá quien diga que su discurso es conservador y conformista, ¿no cree? 

-Es al revés. Lo fácil es ser pesimista, triste y estar decaído. Yo creo que la energía hay que usarla para cambiar las cosas, no para quejarse. Me refiero, sobre todo, a esas quejas inútiles y gratuitas, que no van a ninguna parte y que son un clásico español. Eso se traduce en discos que son una especie de lamento constante que no va a ninguna parte y que no añade nada, solamente resta. Pienso al contrario de eso. Lo difícil es darle la vuelta y, en medio de este maremagnum de gente quejándose, hay que hacer un gran esfuerzo de vivir y contagiar a los que tienes a tu alrededor de que está bien. Hay gente que da energía y brillo a la vida y hay otra que la quita. Esta chica que murió tenía eso. Estaba ella y todo brillaba más. No es fuera conservadora o que no quisiera cambiar las cosas. Era que su presencia y su manera de estar en el mundo hacía que los demás estuvieran mejor.  

-En el disco se ve un rechazo a la queja impostada y esa melancolía muy del «indie»: la de la languidez otoñal de lamentarse de que el tiempo pasa y uno deja atrás la juventud. 

-En el rock se perpetúa una especie de eterna adolescencia y en el indie es una especie de eterna niñez. Va a un periodo todavía anterior. Uno de los retos del indie y el rock español es crecer, pero hacerlo con otros códigos diferentes a los que teníamos con 15 años. Veo muchas veces que se hace música para críticos. Y el crítico escucha la música normalmente sentado y tranquilo, no bailando, cuando muchas veces no está concebida para eso. Se potencia lo negativo. Supongo que los filósofos muchas veces eran unos atormentados y acosaban a la gente feliz porque ellos se creían muy listos y eran incapaces de ser felices, de echar un polvo o lo que fuera. Se ha creado una visión muy errónea de lo que debe ser estar en la vida. 

-El periodista Víctor Lenore decía una vez en una entrevista que los críticos en España generalmente no bailaban. Y que eso condiciona totalmente el modo de afrontar la música. 

-¡Qué bueno! Es verdad, no sabía que lo había dicho. Eso influye muchísimo, claro, y da lugar a unas cosas muy concretas. Por ejemplo, a que los críticos flipen con Bob Dylan, porque su música se basa en la letra. En cambio la música de baile se basa en el cuerpo y no tiene prestigio, sean las boy-bands o Madonna. Por ese motivo la música negra no tiene el prestigio que tiene la blanca, por mucho que digamos todos que nos influye. La música negra siempre se ensalza si ha influido a un blanco. A no ser que sea hip-hop o jazz, donde no hay competencia. Creo que es por eso: el elemento físico no tiene prestigio y el cerebral sí. Madonna, por ejemplo, decía que nunca escuchaba música sola, que siempre lo hacía con sus hermanos o en la calle. Es todo lo contrario a The Smiths, que es la típica música de dormitorio. 

-David Byrne hablaba de la música que va al cerebro y la que va a las caderas, explicando que esta última se veía inferior porque no obligaba a pensar. Realmente su grupo, Talking Heads, era la síntesis de ambos.

 -Sí, señor. Tenemos la cosa esta de occidente de que todo es binario: bueno/malo, cuerpo/mente, hombre/mujer… Con los artistas a veces ocurre eso. No soy simpre gracioso, ni siempre triste. Parece que los músicos nos especializamos en una sola cosa y yo creo que no, que hay que apelar a las caderas, el cerebro, a lo triste y lo alegre. Deberíamos ser más complejos.

-Hace poco, releyendo revistas, me encontré en Rockdelux una crítica de la reedición del debut de Madness. Empezaba preguntando: «¿Se puede hacer música divertida y honesta a la vez?». Me pareció muy revelador. Daba a entender que el lugar normal de la honestidad es la tristeza. Recientemente, recuerdo a Thom Yorke diciendo en en esa misma revista que la naturaleza de las personas era sufrir y que ese sufriendo era hermoso. ¿Qué le parecen ese tipo de posturas?

-¿Sabes? Hay un tema en el nuevo album que se llama Cansado de la vida que, en realidad, se iba a titular Canción para Thom Yorke. Al final no lo hice. No me apetecía meterme con otros artistas, ya que podía parecer que era por envidia. Pero es que es real. ¿De dónde son Radiohead? De Oxford. Uno de los lugares más impresionantes en donde se puede vivir. Me gusta lo que dices de Madness. Para las revistas, tanto para Rockelux como para Popular 1, es muy importante la autenticidad, lo que es honesto y lo que no. Pero como no sabes cuando un artista dice o no la verdad, porque es literalmente imposible, tenemos como acuerdos de la representación de la honestidad. ¿Un tío con una guitarra acústica? Honesto. ¿Un disco que graba un disco que dura cinco años con 20.000 productores? Deshonesto. Y no, no necesariamente eso es así. La alegría, cuando te lo estás pasando bien, también es sincera.

El indie-pop es como un rechazo al mundo y una falta de energía total. Y con tendencia a la lágrima fácil

-«Para mí el rock n’ roll para tí el indie-pop», canta en «Maquiavelo iba en serio». ¿Es su modo de poner la barrera? 

-Es paradójico porque yo viví en Gijón.

-Y mamó todo el Xixon Sound, ¿no?

-Pero en el Xixón Sound realmente no se usaba la palabra indie, sino noise. Eran grupos muy marcianos y el indie-pop parece que hereda eso, pero no lo hereda. Tiene que ver más con grupos masivos de los ochenta que con los grupos de principios de los noventa. Antes de funcionaba en ayuntamientos y ahora en festivales con unas sonoridades muy parecidas. Creo que los que han quedado desclasados son estos de principios de los noventa, que realmente hacían discos ruidistas que no conectaron. En esa canción marco la diferencia de dos maneras de entender el mundo. Es una queja contra el triste. Hay rock n’ roll, hay hip-hop, hay un montón de cosas y lo que tú estás escuchando es una especie de estado de infantilidad, del peor de los terrenos, que es cuando ya has crecido y sigues ahí. Es una cosa como muy infantiloide en las sonoridades, la forma de estar en un escenario, el modo de contar las cosas, las letras que se hacen… El indie-pop es como un rechazo al mundo y una falta de energía total. Y con tendencia a la lágrima fácil. Aparte de eso, soy amigo de alguno de ellos. De algunos solo [risas]. 

-En «Waterloo» recuerda cuando su vida «era una ruina». ¿Habla de apostar por el rock y estar en la cuerda floja?

-Por supuesto. Voy a ser claro: yo no tengo ningún talento para la música. Todos los discos que he hecho han salido a base de un esfuerzo increíble, de escuchar mucha música para saber cómo está hecha y obligarme a mí mismo a tener un mínimo de oficio de hacer canciones. Yo jugaba al fútbol muy mal. No pude ser futbolista. Cuando descubrí la música, que fue algo que me volvió loquísimo, dije: «Otro fracaso más no, esto se me tiene que dar bien». Entonces me metí y pasé muchos malos momentos. Veías a tus amigos con una situación vital distinta y tu ahí. Yo ahora tengo tres hijos y me gasto unas verdaderas fortunas en grabar. Mis discos son caros. Grabo mucho material y luego voy seleccionando, por lo de no tener talento. Si fuera Bowie, te haría un discos como esto cada seis meses. Como no lo soy, tengo que darle muchas vueltas. A veces pienso: «Si soy el guitarrista de Loquillo, que es algo que se me da bien y no necesita un gran esfuerzo, ¿por qué me empeño en volver a sacar un disco y gastarme todo este dinero?». 

-Llegamos al momento en el que parece que ha nacido para decir esa frase y verla convertida en un titular: «El rock salvó mi vida». ¿Es así?

-Es verdad. A mí me la salvó literalmente. De dos maneras. Una, emocionalmente, porque me da mucha alegría. El rock y otras músicas, que afortunadamente me he ido abriendo al mundo. Es una felicidad total. Luego, es mi modo de vida. He conocido lugares y gente. Las peores personas que he conocido en mi vida fueron aquí, pero también las mejores. Además de eso, me la salvó en otro sentido. Si tú miras mis brazos, los tengo todos cortados. Tenía ataques no sé si de ira o por depresión. Por eso me duele la tristeza impostada, porque a veces la tristeza es real. Eso existe y el mal con uno mismo, también. Eso es durísimo. Cuando se pasa mal, como fue mi caso a finales de la adolescencia, donde tuve que ir a psiquiátricos porque me cortaba y tenía los brazos y el pecho totalmente acuchillados, quieres salir de ahí. Y, de pronto, ves a alguien que juega con eso y hace estética de eso... me molesta. Porque es algo real. A mí el rock ahí me salvó. Dije: «Esto es lo que quiero, esto es lo que me gusta y esto es un motivo suficiente para estar vivo». Gracias a eso, no profundicé en mi tristeza más o no salté desde un quinto piso. Luego, además de salvarme, me ayudó porque muchas respuestas que no encontraba en los amigos, en los padres, etc... el rock, de una forma más simbólica o emocional, me las dio.  

 -En «Nuevo bautismo» habla de empezar a hacer surf con 40 años. Alex Cooper decía que el pop funcionaba con la idea del sábado por la noche. Pero hay una generación que llega queriendo un rock o un pop de adulto. Esa canción me parece perfecto ejemplo de ello. 

-Es lo que decíamos antes. ¿Cómo puede acompañarnos? ¿Cómo el rock puede suponer algo emocionalmente para mí cuando mi vida no consiste en salir un sábado por la noche y ligar, sino en que mis hijos aprueben los exámenes, que no les peguen en el cole o que no peguen, ir a verlos al partido de baloncesto el sábado… Esas cosas que son verdaderamente importantes. Esa canción tiene que ver mucho con Galicia. Me aficioné al surf ahí. Soy el peor surfer del mundo. Como siempre ocurre con las cosas que me gustan, se me dan mal. En Razo me llevo muy bien con la director de la academia. Cuando necesito limpiarme física y mentalmente, voy. La canción la hice allí. He tocado alguna vez para los críos que están aprendiendo a surfear. Es una playa alucinante y tiene que ver con la necesidad de estar limpio y sereno. De estas en comunión con la naturaleza, que es algo que suena hippie pero está ahí. No es solo flipar con el neón, sino también con un atardecer [risas]. El reto también es ampliar las temáticas del rock, que estamos condenados a repetir una y otra vez lo mismo. ¿Por qué no podemos hablar de la magia del surf?

-La canción transmite una una sensación que se valora mucho a partir de los 40: el equilibrio y el encontrarse bien y en paz, sin más.  

-[Risas] Así es. Lo busco en el agua. Esa sensación de plenitud. Eso de vivir siempre instalado en el extremo resulta agotador. Además, no es viable. Solo lo es si mueres a los 27, pero como no queremos morir a los 27 entonces tenemos que buscar la fórmula. 

 -Hemos hablado de entregarse a una manera de vivir, que es la del rock. ¿Qué artista le dio el empujón definitivo a meterse en ese agujero?

-¡Qué pregunta difícil! Me pasó con varios. El que más me ha marcado a lo largo de mi vida y más me ha acompañado ha sido David Bowie. Pero mentiría si dijera que ese fue el primero. Me gustaron mucho y me marcaron los Stray Cats, los Guns n’ Roses y los Beatles por supuesto, pero uno que me influyó mucho fue Los Ilegales. De repente, dentro de la máscara de grupo violento contenían una gran cantidad de canciones super sensibles y muy sutiles. Nunca han llegado al gran público, pero para mí es su obra más interesante. Jorge cantaba con una voz de pop. Lo que la hace rock es las palabras que dice. Pero en realidad es una voz aterciopelada y con un registro de agudos muy limpio. Yo intuía algo. Sentía que, entre esas canciones de macarreo que no compartía porque a mí me pegaban en el cole, se escondían unas canciones muy tiernas y que eran pop, pero no del que yo escuchaba en Los 40. Ese fue mi primer referente. Me fijaba mucho en las letras y como tocaba. Pero luego iba a los conciertos y me sentía fuera de sitio. Estaban llenos de macarras dándose de hostias y yo no tenía nada que ver con eso. No entendía como no podían gustarle a los mismos chicos a los que les gustaban los Smiths, que eran otros que me marcaron. Siempre me ha pasado mucho eso: ir al fútbol y no gustarme estar en la grada, ir a ver a Ilegales y no atraerme nada esa mierda o ir a ver a Morrissey y ver que no tengo mucho que ver con el público habitual de Morrissey.

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