El Grand Palais expone setenta obras del pintor, algunas de las cuales no se habían visto en Europa desde hace un siglo
22 oct 2019 . Actualizado a las 09:38 h.París no había consagrado nunca una gran retrospectiva al Greco. Esta omisión sobre uno de los pintores más geniales de su tiempo queda compensada con el bello homenaje que ofrece el Grand Palais hasta febrero. Es cierto que faltan las obras emblemáticas del museo del Prado y, evidentemente, la joya que guarda la iglesia de Santo Tomé de Toledo, El entierro del conde Orgaz, pero, entre las setenta obras que acoge la exposición figuran préstamos prestigiosos, varios procedentes de Estados Unidos, como La asunción de la Virgen del The Art Institute of Chicago, que no viajaba a Europa desde hace más de un siglo, o La Piedad perteneciente a una colección particular, que es raramente exhibido.
Guillaume Kientz, comisario de la exposición, se ha interesado más por la naturaleza del proceso creativo del artista que por su formación, el contexto humanista de sus años italianos o los ambientes intelectuales que frecuentaba en Toledo, y que ya han sido ampliamente tratados por los historiadores del arte. La obra del Greco se polariza en torno a dos procesos «invención y variación». Una originalidad que fascinó a Picasso e inspiró a Cézanne, como se puede contemplar en las Bañistas que parecen personajes salidos de La visión de San Juan prestado por el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, y que pone el broche final a la exposición.
Frente al retrato del cardenal Niño de Guevara, al que se le ha atribuido con frecuencia una mirada escrutadora e intransigente fruto de su trabajo en la Inquisición, Kientz intuye la mirada inteligente de quien tomó la defensa de Agustín Salucio, monje dominicano que militaba por la supresión de las leyes raciales y la práctica abusiva de la limpieza de sangre. En la misma sala figuran reunidos los hermanos Covarrubias, Antonio y Diego. Antonio aparece más apagado a pesar de que vivía cuando el Greco realizó su retrato, al contrario de Diego, que ya había fallecido cuando realizó el suyo. Antonio estaba algo sordo, y quizás es la causa de ese aire ausente del modelo. «Ese es el genio del Greco, su capacidad para pintar el silencio».
Exigencias eclesiales
Para quienes piensan que el Greco no guardaba buenas relaciones con la Iglesia, Kientz recuerda que fue nombrado por la diócesis de Toledo inspector para controlar la conformidad de las imágenes. Otra cosa es que se plegara a sus exigencias. «El Greco no se pliega jamás a las exigencias de los teóricos de la Contrarreforma, que piden que las imágenes sean frías, tristes e ilustrativas», al contrario, para el pintor toledano, las imágenes son en sí un discurso, «abogados de su tema». El Greco se pliega «sobre el fondo, pero no sobre la forma».
Entre 1563, cuando termina el concilio de Trento, y la aparición de los primeros tratados que explican cómo debe realizarse la pintura religiosa pasan unos veinte años en los que el Greco no cesa de producir, «y no tiene ninguna intención de cambiar de método». Lo que hace es responder a las aspiraciones del concilio «pero se niega a ceder a los teóricos el monopolio de la definición de cómo debe ser una imagen».
A pesar de que el Greco pinta todo un abanico de imágenes religiosas que representan la oración, la doctrina o la penitencia, «no se puede decir que fuera un pintor religioso», asegura Kientz, para quien el pintor está interesado en expresar el tema que se le encarga, sea del tipo que sea. Como contrapunto, aparecen dos temas profanos, el del Soplón (Colección Colomer) y La Fábula, los que se aprecia claramente otro de los puntos claves de su producción, «la variación». El Greco reutiliza esa versión del Soplón en otra versión desarrollada, en la que se encuentra al mismo personaje del Soplón, pero acompañado por otras dos figuras, un hombre y un animal.
Esa misma variación se puede contemplar gracias a la serie de La expulsión de los mercaderes del templo. que permite seguir al Greco desde sus primeros años italianos a sus últimos años toledanos. Kientz se aventura a pensar que el Greco se identificaba con ese Cristo airado que purifica el templo como él quiere purificar la pintura «de aquellos que la traicionan, que no saben apreciarla o que se niegan a retribuir la creación artística a su justo valor».