Steven Soderbergh y Meryl Streep prenden candela a los «Panama Papers»

Olivier Assayas sitúa en la Cuba de Castro el crepúsculo de la guerra fría

Meryl Streep y Gary Oldman protagonizan «The Laundromat»
Meryl Streep y Gary Oldman protagonizan «The Laundromat»

Venecia / E. La Voz

Hay muchas maneras de acercarse dramáticamente al striptease financiero global de los Panama Papers y casi todos ellos serían una mala idea. Imaginen un sobrio y polite film de archivo de Spielberg. O un desaforado meeting de Oliver Stone. Por eso hay que apreciar que este tipo de vuelta de todo que es Steven Soderbergh haya explorado una vía bien personal: la de la farsa en la cual los gestores de esa lavadora mundial de plata -Banderas y Gary Oldman- rasgan la pantalla, esa cuarta pared brechtiana, y en The Laundromat hablan directamente al espectador. Lo hacen ya muy pronto para dejar paso a una serie de short cuts que muestran cómo el mayor escándalo económico de lo que va de siglo -y hay dura competencia- se puede destapar a partir de pequeños accidentes que suceden a gente corriente: una lancha recreativa que se hunde en el neoyorquino Lake Champlain o un bus que se avería en el bache de un pueblecito de Centroamérica.

Soderbergh va desplegando esas historias mínimas, a modo de puzzle que terminará con el dossier completo de los Panama Papers en la primera plana de los diarios. Este dispositivo de elementos en paralelo lo usó ya en la tan poderosa Traffic para explicar el mecanismo mundial del mercado de la droga. Aquí le funciona mucho peor. Deseas que exista un equilibrio entre todas esas tramas pero sus registros son muy dispares, confusos y disipan el ritmo. Hay mucho pintoresquismo pero poca o nula artillería para desarbolar la Cueva Universal de Ladrones desde su origen en Delaware. Lo trata de compensar Soderbergh con el sardónico humor que inyecta a esta ópera de algo más que tres peniques. Y lo arropa -para tirar de la película en un salto de nivel súbito- la gran Meryl Streep. La forma en la que el guion se arma para su catarsis, enarbolada por esta actriz -desnuda de afeites y mirándote a la cara- es de las que levanta a los auditorios. Y hace que The Laundromat redima algo sus visibles quiebras en un centrifugado final digno de stand up ovation. Aunque ustedes se pondrán de pie en sus casas y de uno en uno, porque el film es -inoportunamente- un producto Netflix. Y en ello lleva también parte de su levedad.

El francés Olivier Assayas alcanzó una cima del cine político, de la evocación del fin de una era en la descomunal Carlos: aquella prolija puesta en escena de los años de la Internacional del Terror y del vértigo vital y pendular del venezolano conocido como El Chacal, que cabalgó durante dos décadas a lomos del tigre de las luchas armadas y terminó como el último, sangriento y desubicado robinsón de la violencia de la Guerra Fría, ebrio y desprotegido, colgado del Cuerno de África.

Es por esto que esperaba con alta expectativa Wasp Network, film en el cual Assayas aborda lo que fue el canto del cisne de los escenarios de espías de los dos bloques, nacido con el siglo XX y extinguido en su final. Assayas sitúa ese crepúsculo de la Guerra Fría entre el Caribe y el estrecho de la Florida: en las acciones terroristas organizadas desde Miami por la Fundacion Cubano Norteamericana de Jorge Más Canosa y los Alpha 66 de Luis Posada Carriles, quien llegó a tumbar en las Barbados un avión civil de Cubana con más de cien pasajeros. Y a atentar contra los turistas de hoteles en el centro de La Habana. Para frenar aquella escalada, el gobierno cubano organizó una infiltración de agentes en Miami, la Red Avispa.

Assayas cuenta esto con rigor histórico pero sin estilo, y apenas sin brío. No ayuda mucho ese casting de all star latinos que parece el festival de la OTI: Penélope Cruz, el venezolano Edgard Ramírez, el mexicano Gaél García Bernal y el brasileño Wagner Moura. Sus acentos pseudo cubanos, uno encima del otro, generan una distancia con la peripecia dramática. Te preguntas porque Assayas no ha apuntado más alto. Porque, por ejemplo, no aborda el escalofriante suicidio moral del castrismo que fue el fusilamiento del general Ochoa, una tragedia colectiva que hubiera podido cambiar el curso de la Historia en Cuba. Esto de la Wasp Network, tan desmañado, no da para componer junto a su opera magna Carlos lo que hubiera sido el gran díptico fílmico de Assayas sobre la tumba de los espías y la extinción de aquellos dinosaurios: los generales del idealismo por el terror.

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