Valle y la decadente estética del pecado


Las cartas boca arriba: creo que la Sonata de Otoño es la novela más perfecta del siglo XX español -no digo la mejor, esa sería La Saga/Fuga de J.B.-. Y creo que la Sonata de Primavera es la segunda más perfecta. Perfección no es perfeccionismo: Valle-Inclán era tan libre en su uso de las comas como con su aspecto físico, era un bohemio de la gramática también. Después de todo, el modernismo fue el primer vanguardismo y Valle nunca dejó de experimentar con el exceso. Novela perfecta quiere decir aquí lo que realmente significa la palabra en literatura: que la forma y el fondo no podrían encajar mejor de otra manera.

La historia del marqués de Bradomín, contada en cuatro episodios, tiene ese carácter redondo que hace que una novela parezca inevitable, rotunda. No son cuatro momentos en la vida de un hombre sino cuatro sorbos de melancolía, que en realidad es el tema secreto del ciclo. Las repeticiones y las reiteraciones son, precisamente, las del género musical de la sonata. Valle, que había leído las Memorias de Casanova -de hecho, llega a incrustar un fragmento de ellas en la Sonata de primavera-, las reescribe al gusto modernista. Lo que hace, concretamente, es ponerle a Casanova, que ya decía de sí mismo que era feo y sentimental, el «católico» que le faltaba; introducir la estética del pecado, ausente por completo en el mundo licencioso pero despreocupado del veneciano. El racionalista Casanova se encuentra así con el Don Juan español y se convierte en el gallego Bradomín, diabólico pero contradictorio y lleno de ironía de sí mismo.

La prosa es fabulosa. La atmósfera de jardines de pazo, de estancias perfumadas con la cera de las velas, la penumbra de tosidos y bisbiseos, es de una belleza crepuscular insuperable. Esa delicadeza modernista hace que contraste aún más la barbarie de las pasiones, que fascinaba a Valle. Bradomín es un D’Annunzio, un coleccionista de experiencias eternamente insatisfecho. La escena de la Sonata de Otoño en la que el marqués lleva en brazos a su amada muerta, y el pelo de esta se enreda en el pomo de la puerta, es una de las más inolvidables de la literatura española. En su tiempo, escandalizaron los incestos -hay dos en el ciclo-, hoy escandalizaría la misoginia. Pero el pecado de Bradomín, en realidad, es un orgullo nietzscheano que le hace, a la vez, «humano, demasiado humano». Es una creación genial de Valle, que se proyecta en ella hasta el extremo de que le hace perder un brazo a su protagonista. Leyendo la Sonata de Invierno, pienso siempre en si Valle se estremeció al escribir con su única mano útil esa escena. El lector, desde luego, sí. Extraordinario.

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