Christian Thielemann debuta al frente del concierto de Año Nuevo

El programa del próximo martes día 1 incluye hasta seis obras inéditas


El próximo martes regresa como todos los primeros de año una de las tradiciones más civilizadas -con el permiso de Thomas Bernhard- de esta declinante Europa, el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, una cita musical que congrega a cincuenta millones de espectadores en todo el mundo en torno a los televisores, audiencia aún mayor si se consideran las radios y otros aparatos.

Y todo para dejarse seducir por una música cuyo pecado original hoy sería condenado sin reservas por políticamente incorrecto. Esos valses aparentemente inocuos, que a ratos logran distraernos de los excesos de la aún reciente madrugada sobreponiéndonos al letargo, estuvo a punto de ser prohibido en su día por los celosos guardianes de la moralidad pública. En realidad, todo ese artificio creado para hacer girar, girar y girar a los danzantes tenía un propósito bien definido: que entre el revuelo de faldas, con un poco de fortuna, acaso se pudiera atisbar algo de lo que debía permanecer por fuerza oculto a la vista de los varones.

Pieza de museo

Pero como es lógico, y más en tiempos del triunfante reguetón, aquella danza nacida con intenciones inequívocamente lascivas, el vals, se ha convertido hoy en pieza de museo sin peligro aparente, solo rescatada en ceremonias varias de alto contenido simbólico o para este, el más popular de los conciertos de música clásica, con el que Viena saluda al mundo y se ofrece a sus posibles visitantes en idílica postal al inaugurarse el año. Desde luego, no hay mejor campaña de márketing, por si fuera necesario, para una ciudad en la que moraron Mozart, Mahler, Kandinsky, Zweig, Freud o Sissi emperatriz, entre muchos otros.

Al frente de la Filarmónica de Viena, y como debutante en este evento, esta vez será Christian Thielemann, un alemán firme defensor y partidario de las esencias del repertorio de sus compatriotas Wagner, Bruckner y Strauss (pero Richard), el que tendrá que demostrar si tantos años ocupándose de desentrañar las severas líneas arquitectónicas de esas catedrales que son las sinfonías brucknerianas le habrán dejado tiempo, además, para adentrarse en la gemütlichkeit, esa mezcla de ligereza y dulzura, abandono, melancolía y deseo de vivir que alimenta el espíritu de la música de Johann Strauss, el joven, el más conocido y exitoso de la saga musical.

Después de Riccardo Muti, los filarmónicos vieneses, que tienen el privilegio de elegir a los directores con los que desean colaborar, han optado por Thielemann tras una larga, estrecha y fecunda relación artística que se inició en el foso de la Ópera de Viena y se fraguó después con numerosos conciertos en el Musikverein, sede de la orquesta y del concierto de Año Nuevo.

Seguidor de Von Karajan

Fiel seguidor de los pasos de Herbert von Karajan, salvo por la decepción de haber sido despreciado por la Filarmónica de Berlín, que prefirió a Kyrill Petrenko como su titular en lugar de él, Christiann Thielemann pasa por ser hoy el gran representante de la tradición sinfónica germana. Aunque si bien es cierto que se maneja como pez en el agua con las texturas densas y los sabores fuertes, también, cuando quiere, posee ese punto de transparencia y ligereza para enriquecerlos con colores y matices. Su Wagner, por ejemplo, que ha podido escanciar en numerosas jornadas en Bayreuth, de cuyo festival ha sido nombrado director musical (algo inédito), resulta siempre sólido pero jamás pesado. Como muestra, su exquisito Parsifal, dirigido con pulso, delectación en el detalle y brillantez.

Es por eso que el concierto del martes puede resultar, sin duda, interesante. La batuta posee elementos para halagar al oyente que busca reencontrarse con las obras de siempre ofrecidas con el rigor acostumbrado, y quizá (veremos) un punto de fantasía. El programa presenta algunas novedades: desde la Schönfeld Marsch de Carl Michael Zieher, que jamás antes había sido interpretada por la Filarmónica de Viena, hasta otras cinco piezas inéditas en la cita de Hellmesberger, Josef, Johann y Eduard Strauss. Pero que nadie tema. Después de la felicitación colectiva no faltarán El Danubio Azul, ni, por supuesto, la Marcha Radetzky. Faltaría más.

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