Excelente Elisso Virsaladze

antón de santiago

CULTURA

CESAR QUIAN

El décimo concierto de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia nos ha dado una nueva dosis de siglo XX, con cierta amalgama de barroco y romanticismo de la primera mitad del XIX

30 ene 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

En este décimo concierto de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia nos ha dado una nueva dosis de siglo XX, con cierta amalgama de barroco y romanticismo de la primera mitad del XIX: Anton Webern, discípulo de Arnold Schönberg, Ludwig van Beethoven y Robert Schumann. Dirigió el finés Hannu Lintu y fue solista la pianista Elisso Virsaladze.

Con Webern conectamos con el núcleo duro de la nueva estética dodecafónica, si bien él, en 1935, se acerca, con respeto, al Ricercare de la Ofrenda Musical de J. S. Bach y lo colorea a través de la «melodía de timbres» propia de esa segunda Escuela de Viena. Permanentes las ideas melódicas originales, brillan los colores otorgados por cada intervención instrumental del viento, con notorias evocaciones del ADN organístico del Cantor de Santo Tomás. Magnífica traducción. Sin embargo, sus Cinco piezas para orquesta de cuerda, op. 5, del año 1905, encuentran a Webern en un posromanticismo tributario de Mahler, esencial y tendente al expresionismo. Obra interesante llena de sugerencias, muy bien expuestas, con todos sus matices, por orquesta y director.

El romanticismo nos lo descubrió Beethoven a base de energía y temperamento y fuertes de deseos de afirmación como intérprete y creador. El Concierto n.º 3 para piano y orquesta tiene tales ingredientes. Recién instalado en Viena, pudo aún tocarlo, si bien la sordera era ya inminente. Tuvimos una solista de excepción, Virsaladze, que mantuvo la potencia y la sensibilidad que contiene la obra, perfectamente secundada por la orquesta y el director. Fue insistentemente requerida para un encore, que no dio.

Por lo que se refiere al primer Schumann sinfónico, el sentimiento vertido en su Sinfonía n.º 1 Primavera radica en el entusiasmo que le viene del amor de Clara Wieck, convencida de que el piano le queda pequeño a su amado y lo anima a abordar el mundo sinfónico. Él lo anuda con ilusiones primaverales. La obra avanza en busca del brillo que el amoroso ardor reclama y que, a causa de la cuestionada instrumentación schumaniana, no alcanza hasta el último movimiento. Lintu, director enérgico, eléctrico a veces, supo mantener el pulso sin desmayo y obtuvo de la orquesta una prestación asimismo entusiasta. Grandes ovaciones.