¿Qué ha hecho el autor del «Quijote» para merecer esto?

Una función teatral, música clásica y poco más en el Congreso anteayer para conmemorar los 400 años de la muerte de nuestro mejor escritor en lengua castellana


redacción / la voz

Una función teatral, música clásica y poco más en el Congreso anteayer -que también está en funciones- para conmemorar los 400 años de la muerte de nuestro mejor escritor en lengua castellana, Miguel de Cervantes. Algo cutre. Merecía más que el aburrimiento de sus señorías y gags entre escaños. Cervantes no merece que le cuelguen lentes a los leones que guardan el hemiciclo. Además, ¿no era Quevedo quién usaba los quevedos? Tampoco que llegaran al extremo de amputarle un brazo a los felinos de bronce, como el homenajeado manco de Lepanto, pero sí un esfuerzo mayor. Hay una carrera por celebrar a trompicones una fecha tan señalada. Y llegamos tarde, parece. Solo las teles han querido estar a la altura. Y mientras, algunos en la RAE hablan de pescantinas en lugar de Persiles y Sigismunda. La imaginación de los creadores de gabinete se desborda con ocurrencias. He aquí algunas «iniciativas». A Cervantes, si le hubieran preguntado, seguro que le hubiera molado que cocinaran un mazapán de Guinness, o que le enviaran ejemplares de su Quijote al otro lado del charco para que se cultivasen las reclusas de una cárcel de Brasil. Es más, fijo que al hijo predilecto de Alcalá de Henares le gustaría que edificaran con piezas de Lego un mundo inspirado en el Siglo de Oro. O que en su ciudad repartan miles de caretas con su rostro -que, por cierto, no hay retrato fiable-. Y cómo le satisfaría a Cervantes tener en su librería un ejemplar de su obra maestra confeccionado en corcho. ¡Una delicia! Siempre queda la visita a la tumba del bueno de Saavedra, cuyos huesos (dicen los expertos), reposan en el convento de las Trinitarias de Madrid. Sus restos tienen tirón, y los turistas hacen cola ante un ataúd de madera con carcoma. Entre el escritor hispano y Shakespeare, siempre en constante comparación sobre su genio literario, hay muchas diferencias. La primera: que la pérfida Albión no acostumbra a ponerle montura a sus leones; ni hace dulces inspirados en Hamlet, sino que los isleños, o los galos con su Molière, tiran la casa por la ventana cuando toca celebrar algo así. ¡Qué envidia! Yo de Miguel me volvía a Argel otros 400 años.

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