Los responsables de «El libro de la selva» se han quedado solo con la indudable belleza de las imágenes generadas por ordenador, pero han vaciado la historia de cualquier complicación y significado
17 abr 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Las adaptaciones de las obras de Rudyard Kipling han dado algunas obras maestras al cine, desde Capitanes intrépidos hasta El hombre que pudo reinar, pero El libro de las tierras vírgenes, pieza fundamental de la literatura colonial, se le resiste al universo fílmico y, a nuestro juicio, aún no hay una versión a la altura de la belleza del texto primigenio.
A Mowgli, ese niño salvaje amamantado por una loba como Rómulo y Remo, a ese precursor de Tarzán -pero en la selva de la India-, lo han interpretado desde Sabú hasta Jason Scott Lee, y lo han hecho sin brillo, aunque lo de Sabú tuviera algo de colorido. Y ahora Neel Sethi intenta darle vida, con una simpática y al tiempo decepcionante ingenuidad. La gran multinacional Disney, regresa con este chico debutante a uno de sus tesoros taquilleros. Con la captura del movimiento de hermosos bichos, que dan lugar a impresionantes creaciones digitales de los animales de Kipling: los lobos de la manada, la pitón Kaa, el oso Baloo, la pantera Bagheera o el tigre Shere Khan. Pero, al tiempo que van apareciendo, nuestro asombro corre paralelo a la decepción. Este Libro de la selva le debe casi todo a la notable película de animación clásica de 1967. Mucho más que al original literario. Se ha vaciado la historia de cualquier complicación y significado. Nada de la fábula original y de sus rasgos filosóficos. Los responsables del filme se han quedado solo con la indudable belleza de las imágenes generadas por ordenador. Y sí, por supuesto que era mucho más expresiva y emocionante la «vieja» película Disney de animación.
Además, viendo la película doblada al castellano, uno no deja de pensar, una vez más, en la versión original. Por ejemplo en Scarlett Johannson, poniendo su voz con siseos a la pitón Kaa, y diciéndole a Mowgli aquello de «Confía en mí».
Los bichos son enormes, demasiado. El tamaño del orangután Rey Louie es el de un King Kong, que le pide la «flor roja» del fuego al pequeño humano. El fuego es lo que distingue al hombre del resto del reino animal. El fuego de la vida es algo de lo que carece esta película.