Un Mago de mi infancia

CULTURA

Ed

En las leyendas originales los Reyes no era reyes -solo magos-, no eran tres, no tenían nombres y ninguno de ellos era negro

09 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Yo conocí personalmente al rey Baltasar. Se llamaba Vicente y era un funcionario del Ayuntamiento de Lugo muy amigo de mis padres. Que yo sepa, al menos una vez encarnó en la cabalgata el papel del generoso monarca africano. Eso sí, tiznándose la cara, como se hacía siempre entonces. Me acordé de él estos días a raíz de las polémicas banales por las cabalgatas de Reyes, y que son tan recurrentes que constituyen ya tradiciones en sí mismas, insertas dentro de la tradición. Y entre ellas está esa controversia sobre los Baltasares embetunados, que muchos consideran que es una costumbre racista que habría que desterrar.

Es un escándalo en gran medida importado. En el Sur de Estados Unidos existían los blackface, y los minstrels, que consistían en que los blancos se embadurnaban la cara de negro para parodiar la manera de bailar y de cantar de los africanos. Esas sí eran, desde luego, tradiciones racistas. Hoy se las considera inaceptables, con razón, y de ellas solo sobrevive el famoso número musical de El cantor de jazz, que es un espectáculo de blackface del que, desgraciadamente, no se puede prescindir fácilmente porque se trata de una de las primeras películas sonoras de la historia.

Pero lo que parece igual no siempre es lo mismo, y la tradición española de los Baltasares nada tiene que ver con los blackface ni los minstrel. Lo interesante, de hecho, es que su significado es incluso el contrario.

En las leyendas originales los Reyes no era reyes -solo magos-, no eran tres, no tenían nombres y ninguno de ellos era negro. Esa tradición surgió en la Edad Media, cuando, antes de la era del esclavismo, los imperios africanos, sobre todo el de Mali, se asociaban al oro y la riqueza. Al igual que cuando, mucho después, Unicef se inventó lo de convertir a otro de los magos en chino, se trataba de dar un sentido universal a la leyenda, lo que hoy diríamos hacerla más inclusiva. No hace falta explicar que el que Baltasar acabase con la cara pintada se debió solo a una cuestión de disponibilidad. Simplemente, hasta hace poco no había personas de raza negra en la mayor parte de los sitios donde se celebraban cabalgatas. Ahora que sí las hay, está bien, seguramente, ofrecerles ese trabajo; pero yo diría que más por estética que por ética.

Por lo menos, la polémica a mí me ha servido para acordarme de nuestro querido amigo Vicente, a quien esperamos hace tantos años mis hermanos y yo un frío enero lucense, no tanto con ilusión infantil como con curiosidad por ver las pintas que traía. Ni a mis hermanos ni a mí nos había gustado nunca la cabalgata, que nos parecía un coñazo, pero cuando apareció Vicente, en una carroza tirada por un tractor John Deere -el equivalente gallego del camello-, vestido con sus ricos ropajes, brillante la cara de betún, la cabeza alta y una pose majestuosa, nos quedamos estupefactos. Es cierto que, sin gafas, su puntería era tan mala que cuando lanzaba caramelos parecía que estaba intentando agredir a los otros reyes, pero nadie hubiese podido insinuar que aquello fuese una burla racista. Muy por el contrario, su compostura era tan solemne que parecía casi una reivindicación de la independencia de Mozambique, que había logrado su libertad por aquellas fechas, o un homenaje al Black Power que hacía furor en Estados Unidos. O quizás parecía un rey de Mali, de aquellos lejanos tiempos en que, en los antiguos mapas portulanos, su forma se coloreaba con polvo de oro con codicia y envidia. A menudo, el racismo, como el antirracismo, está en el ojo de quien mira.