El mundo vivirá estas Navidades una nueva fiebre por Star Wars. La película que ultima el director de Perdidos, J. J. Abrams, va a convertirse en un acontecimiento planetario (que diría aquella extraña ministra llamada Leire Pajín). Y la razón fundamental es la nostalgia, tal vez el pilar fundamental de la cultura popular actual.
Lo hemos visto con fenómenos comerciales como los libros de la serie Yo fui a EGB. O con los vídeos de YouTube que rescatan éxitos añejos. Cualquier creación cultural que toque la fibra sensible de los nacidos desde 1965 hasta 1985 tiene garantizado el éxito.
La prueba ha sido la eclosión viral y sentimental de todo lo relacionado con Regreso al futuro producida esta semana. Por una anécdota, la trilogía cinematográfica dirigida por Robert Zemeckis acaparó titulares, provocó trendings topics en Twitter, generó una avalancha de memes (montajes fotográficos paródicos) y unos cuantos debates de enjundia sobre los cambios que ha experimentado la sociedad desde los 80 hasta ahora.
Como ocurre con todo buen mito, con Regreso al futuro (y con Oficial y caballero, Dirty Dancing y otros filmes y series «míticos») la calidad ni importa ni se discute. Y se mira mal a quién los cuestiona. El corazón puede contra la cabeza. Y llena carteras ajenas.