Olvidemos las esferificaciones de Adriá. Las espumas y sabores destilados de los hermanos Roca son caprichos de finolis. La cocina experimental regresa a pie de calle con pringues caseros como los que el chef David de Jorge hizo célebres con sus chorreantes guarrindongadas.
Algo de ese espíritu alquimista subyace en Crónicas carnívoras, de Energy, por culpa del cual Mediaset acaba de encajar una multa. No por el programa en sí, claro. Llenarse la boca con una empanada de queso y espinacas con chimichurri o un «típico» sándwich de queso a la española, con alioli y grasa de bacon, puede quebrantar los códigos de la dieta mediterránea, pero delito no es. El episodio anterior ocurría en Nueva Orleans, en una fiesta que emula a los Sanfermines y en la que los toros son chicas sobre patines, con escote y cornamenta, que persiguen a los corredores a garrotazos. Tampoco es el mal gusto lo que se penaliza.
Aquello que ha puesto en el punto de mira a este programa y sus viajes gastronómicamente incorrectos es su calificación para mayores de siete años y su emisión en horario protegido. Con sus ingestas masivas de colesterol y un presentador cocido a tragos de «valentía líquida», dile tú a alguien en la edad del pavo, con tendencia natural hacia las grasas trans, que lo que de verdad mola es comer cinco raciones diarias de verdura.