Los años del super-8

Rodrigo Cortés

CULTURA

17 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Empecé a hacer cine con amigos. Con cómplices, si exigimos precisión. Teníamos 16 años y madrugábamos cada sábado del invierno salmantino, olvidando las servidumbres del instituto e inventando otras mejores, ellos temblando de frío frente al objetivo, yo con el dedo sobre un botón que tenía la forma y las intenciones de un gatillo y despertaba las tripas de una cámara prestada. Años después, un accidente de coche acabaría con esa cámara y con un proyector de diapositivas, anunciando aparatosamente el siglo XXI; pero esa es otra historia y las metáforas cierran mejor que abren los relatos...

Cuando echo la mirada atrás, comprendo que casi todo lo que sé lo aprendí en aquellos años, los años del super-8: fin de semana tras fin de semana robando imágenes a Buster Keaton, mandándolas a revelar y pegándolas después con paciencia y una empalmadora para reconstruir los pedazos aún carentes de significado de un espejo hecho añicos y devolverlos, con suerte, a una vida nueva. Aún no sé cómo era capaz de cortar el celuloide con la impunidad con que lo hacía, ahora no me atrevería. El super-8 tiene una peculiaridad única: no es un soporte negativo, sino reversible; una vez procesado, se convierte directamente en positivo. Eso significa que cortas lo que hay; si algo va mal, has cortado el original, no hay forma de acudir al negativo y hacer una copia nueva. Eso te obliga, en teoría, a ser seguro y firme. No hay arrepentimiento posible. 

Yo llegué, decía, al super-8 cuando el super-8 ya se iba. Ya no revelaban en España: uno entregaba su pequeño chasis al señor de la óptica que aún los vendía, el señor enviaba, aburrido, un sobre amarillo a Alemania (verde y blanco si era Fuji) y solo quedaba esperar. Dos meses. Dos. Meses. Tiempo más que suficiente para meditar sobre lo rodado y comprender que el chasis regresaría lleno de errores que corregir. No pasaba nada, teníamos 16 años. Teníamos todos los fines de semana del mundo por delante.

Rodrigo Cortés es cineasta y escritor.