Michael Haneke: «No hago películas para que la gente sufra; si sufre tendrá sus razones»

El cineasta austríaco aseguró ante un auditorio abarrotado que le gustaría conseguir «todos» los Oscar posibles

Colpisa

«No hago películas para que el espectador sufra, pero si sufre, tendrá sus razones». Así de categórico se mostraba un risueño Michael Haneke, (Múnich, 1942) cineasta de culto y director de escena de paso por España para dirigir el Così fan tutte de Mozart que el Teatro Real estrena este sábado. Haneke es el autor de Amor, una de las sopresas de los Oscar, al estar nominada a cinco estatuillas en los premios de Hollywood. Con una sonrisa afable reconoce el cineasta austriaco de origen alemán que le satisfaría recibir «todos» los Oscar posibles y desveló algunas claves de su trabajo cinematográfico. Pero de la ópera que se trae entre manos, ni palabra.

Haneke no soltó prenda de su montaje en la multitudinaria comparecencia pública la que se prestó tras recibir la medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes (CBA). Quiere que el espectador vaya a ver la ópera con ojos limpios, «que se deje sorprender». Una nube de informadores intentó en vano que desvelara algo sobre su labor e intenciones, pero no hubo manera. Tampoco le sacaron una palabra las decenas de admiradores que cercaron al cineasta en la entrega de la máxima condecoración del CBA, que revisa toda su filmografía.

«Dejaos sorprender», fue el mantra del ganador de sendas palmas de oro en Cannes, que días atrás advertía que esta será «muy probablemente la última ópera que dirija». Eso quiere decir que su carrera como escenógrafo de ópera será brevísima, ya que antes solo afrontó otro título y también de Wolfgang Amadeus Mozart: Don Giovanni. Ha recibido quince nuevas invitaciones para dirigir ópera que ha rechazado con educados «noes».

«No me importa hablar de mis películas, pero me niego a hablar de la esta ópera; no quiero anticipar un manual de instrucciones que condicione al espectador, que debe ver esta ópera con sus propios ojos» inisistió Haneke sin perder su beatífica sonrisa. Remitió a los curiosos al programa de mano de en el que encadena una decena de «por qué» sobre el alma de la ópera de Mozart y de personajes como don Alfonso y Despina. «¿Por qué él la tiene que humillar? ¿Por qué ella le tiene que humillar?, Por qué Despina está tan triste? ¿Por qué se muestran todos tan desesperados», se pregunta Haneke, que adjunta sus cuestiones al poema de Rilke «Eros».

Cuando se alce el telón en el coliseo madrileño su director escénico estará al otro lado del mundo, en la víspera de la ceremonia de los Oscar en Los Ángeles, donde es muy probable que recoja más de una estatuilla.

No le importaría fueran «todas» a las que aspira, según admitió con un sonrisa decididamente más abierta. De riguroso negro, no perdió su afable apariencia el responsable de filmes tan deprimentes y duros como La pianista, Funny games o Caché, con escenas al borde de lo soportable y que algunos sitúan en el campo del sadismo.

Guerras civiles

«Yo hago las cosas que me dan placer» explicó Haneke, generando una carcajada en la concurrencia. «Me agrada fijarme en detalles pequeños y estoy atento e mi cine a las guerras civiles entre dos personas, algo que también se da en Così fan tutte, que encierra una de esas pequeñas guerras cotidianas de la que quizá nazcan las grandes guerras», planteó el director de La cinta blanca, película que indaga en la incubación del nazismo en la Alemania rural anterior a la Primera Guerra Mundial.

Volvió a blindarse en el silencio cuando se le pidió opinión sobre cuestiones domésticas, como la polémica entre los reivindicativos actores españoles y el Ministerio de Hacienda, o sobre la conveniencia de que la ópera y el cine disfruten de subvenciones. Sí se avino a reflexionar en voz alta sobre las coincidencias y diferencias entre la dirección de cine, teatro y ópera. »En el cine y en la ópera es muy importante el ritmo, y no tanto en el teatro«. Sí precisó que detesta la música incidentalen las películas, »que sirve para tapar los errores del director«.

Él se limita, como mucho, a incluir piezas magistrales, como la de Bach que escucha Jean-Louis Trintignant en Amor y que acentúa el sufrimiento del personaje.

Haneke lleva casi dos mese en Madrid supervisando la producción de este Così fan tutte, una de las grandes apuestas de Gérard Mortier, responsable artístico del Real, que ha reclutado a Sylvain Cambreling y Till Dörmann como batutas de la decena de funciones que ofrecer entre el 23 de febrero y el 17 de marzo. No hay españoles en el reparto vocal de esta ópera cuyas voces principales son William Shimell, Kerstin Avemo, Anett Fristch, Paola Gardina, Andreas Wolf y el argentino Juan Francisco Gatell.

Haneke se enfrenta al genio de de Salzburgo con la experiencia suficiente para saber que a lo más que puede aspirar es a un «fracaso controlado».

«Con Mozart estás condenado a fracasar. La única cuestión que puedes plantearte es a qué nivel va a estar tu fracaso» dijo.

Coincide con Philip Glass, su antecesor en la escena del Real, en que la ópera es «poesía y emoción». Se impone además el reto de moverse con soltura y «respetar» los dos tiempos, el actual y el de composición y el estreno origina en 1790. «Si la abordas desde el historicismo puro es una ilusión, porque nadie se sabe cómo se hacía de verdad una ópera en el XVII. Las únicas referencias audiovisuales que tenemos son de los últimos ochenta años», señaló.

«Mozart compuso esta pieza en un momento complejo y de crisis parejo al que vivimos», destacó Gérard Mortier, verdadero artífice de la presentación de Haneke como director de escena en España. «Estaba deprimido, alejado del éxito y en busca de trabajo» enumeró Mortier.

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