El 4 de julio del 2012 pasará a la historia por dos hallazgos de trascendencia para la cultura, uno fue anunciado en el Centro Europeo de Investigación Nuclear de Ginebra (CERN), y el otro ocurrió en un sórdido garaje de O Milladoiro. Mientras que desde Suiza se hacían públicas las pruebas de la existencia del bosón de Higgs, la partícula básica en el proceso de formación de la masa del universo, resurgía en Galicia, entre escombros, el Códice Calixtino, un humilde objeto de cuero y pergamino cuya momentánea desaparición material ha dado lugar a un año de reflexión sobre el valor de su presencia, las consecuencias de su ausencia, y su papel fundamental en la formación de ese universo vivo de ideas, imágenes, sensaciones y anhelos que es el Camino de Santiago. Por un momento, los augurios apocalípticos que amenazan con la desintegración del proyecto de Europa se veían desplazados de las portadas de los periódicos por dos testimonios elocuentes de la necesidad de que sigamos luchando para preservarlo, uno enraizado en la historia y el otro enfocado hacia el futuro. La actualidad de la noticia unía al códice medieval que contiene el ADN de la senda a través de la cual millones de habitantes del viejo continente decidieron caminar juntos trascendiendo fronteras hacia los confines del mundo conocido, y el elusivo bosón que con su movimiento contribuye a la generación de materia, y cuya existencia, primero teorizada por Peter Higgs en 1964, se ha podido detectar gracias a un proyecto surgido de la unión de los recursos materiales y humanos de multitud de naciones europeas.

El concepto del movimiento es esencial en el códice, reflejando el lugar primordial que ocupa en el imaginario jacobeo, cuyo origen radica en la veracidad histórica de una traslatio, la del cuerpo del Apóstol desde Jerusalén a Compostela y cuya centralidad como santuario apostólico se sustenta en su naturaleza como meta de una peregrinatio, un desplazamiento que hace que los confines del mundo se conviertan en el centro de gravitación al que concurren todos los flujos. El códice construye un universo nacido del movimiento en el que el devenir de la historia se concibe como una sucesión de peregrinaciones que anticipan la peregrinación paradigmática a Santiago realizada en el presente del que lo lee. Ese presente se plasma en la Guía del Peregrino del libro V, donde se recrea la geografía, el paisaje y las gentes del camino culminando con la topografía urbana de la ciudad y la estructura arquitectónica de la catedral -una catedral construida para albergar los flujos continuos de una humanidad gravitando sin cesar en torno a la tumba del Apóstol-. Con tinta y pigmentos, con la palabra y la imagen, el códice tiene la capacidad de contener y generar el universo que lo rodea, delineando su pasado, construyendo su presente, y anticipando su futuro.

En los pliegues del tiempo

De las fotografías que han trascendido de la conferencia del CERN destaca una en la que aparece Higgs de perfil en primer plano, su silueta solitaria se recorta sobre el fondo difuso de un auditorio lleno de gente como si estuviese imaginando la escena onírica del momento en el que se va a sustanciar la idea surgida en su mente hace casi 50 años. Esta imagen enlaza de forma evocadora, a través de los pliegues del tiempo, con una de las miniaturas más representativas del Calixtino, la del apóstol Santiago apareciéndose a Carlomagno en un sueño. Alzando su mano hacia cielo, el Apóstol señala la senda de estrellas que marca el camino a Compostela. La imagen sugiere que, antes de su materialización geográfica, el Camino de Santiago era una realidad cósmica delineada en el universo, a cuyo conocimiento se podía acceder «soñando», de la forma en la que se entendía el sueño en la Edad Media como «revelación», un concepto más cercano al modo en el que se concibe el papel de la imaginación informada en la formulación de teorías científicas. La mano del Apóstol nos recuerda a la mano del pintor que aplicó partículas cromáticas para hacer visibles las estrellas del firmamento. Y es que con partículas sobre pergamino se puede soñar y construir el universo.

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El universo del Códice